jueves 19 de noviembre de 2009

Escala de mala gana 1:500

Él lleva chándal y arrastra el bajo del pantalón lleno de barro. Ella, evidente base de maquillaje, mecha y vena marcada en la teta apretada contra el sujetador, parlotea. Pasan cuarenta segundos y discuten con acaloro, ella dice la última palabra, como siempre, y remata el suelo a taconazos mientras se aleja de él diciendo con los nudillos apretados que este tío no se entera, no quiere volver a verlo en la puta vida. Él se sienta a un bordillo a mirarse los tenis y entierra la cabeza entre los hombros. Aumenta la distancia entre ambos: un tenderete de verduras, otro de pijamas, un tercero de bragas. Luego él osa levantar una ceja y asomarla por encima de la sudadera. Ella para su huida, puñalada trapera de mirada por la espalda, y se da la vuelta para localizarlo. Se miran y se sonríen.

jueves 5 de noviembre de 2009

A ciertas edades

Un señor peludo de una edad incierta, pero en cualquier caso mucho más anciano que López Vázquez, Ayala y Lévi-Strauss juntos, se sienta desnudo en el banquillo del vestuario, a mi lado, chof, y lanza su perorata: "Estos jóvenes sólo se musculan la parte de arriba, parecen cobras hinchonas, no como nosotros que nos cultivamos todo el cuerpo por igual. Y es que, claro, sólo se cuidan la parte que se ven en el espejo. De la picha hacia arriba. Luego las piernas, fíjate, qué piernecillas de canario"
Recojo mi gorro de silicona, me pongo la camiseta de Simón y Garfunkel.
Y me voy.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Cowabunga

A la pregunta ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? todo son esques: Es que mi hermana, es que mi madre, es que tú. Alego que tengo una cama de dos por dos y vecinos moribundos que, sí, rebuscan entre la ropa que dejo en el portal para los pobres, pero a los que afortunadamente no les gusta la música disco. No llego a convencerla. Por eso, cuando algún desaprensivo me pregunta que cuánto tiempo llevamos de novios, respondo la cifra, que va ya por cuatro años y seis meses, y me apresuro a añadir antes de que el interlocutor reaccione: «nos estamos conociendo».

Bien es cierto, todo hay que decirlo, que siempre me planteo el porqué de no vivir juntos sólo después de buscar aparcamiento durante cuarenta minutos en la barriada de mi familia política.

Las hermanas Luisita ya no tienen ese problema; han alquilado un parking, aprovechando ciertas coyunturas laborales que paso a diseccionar: mi amor, creo que lo he comentado alguna vez, es una pez gordo de las tuercas. No hay operación mayorista de tuercas en Andalucía que no sea supervisada por ella. Efectivamente, trabajar con esas pequeñas herramientas no llena el espíritu; al menos, si de pequeña pensabas que ibas a trabajar como traductora jurada en Estrasburgo. A esto hay añadir que en las altas esferas en las que ella se mueve se hace realmente muy poco. Todo es apariencia. Ahora es meramente una firma y se pasa el día estrenando zapatos, y batiendo su propio récord una y otra vez en el juego de la serpiente de su teléfono móvil, lo que le causa cierto vacío existencial. En cualquier caso, esta privilegiada posición le ha permitido enchufar descaradamente a su hermana en la recepción de la empresa. A los jefes les encantó, porque es mona y tiene buenas tetas y, en palabras textuales del director general, «Buenas tetas en recepción. Buena imagen». La hermana de mi novia las llama «mis chicas», y también se aburre mucho en su centralita, porque allí no llama ni Dios. Así que ha empezado a leer Madame Bovary on-line.

Con los sueldos hinchados de ambas se han hipotecado en una plaza de garaje en la Avenida de Suárez de la que están ciertamente orgullosas. La enseñan a las visitas y familiares, le han colocado unas flores de plástico y han pintado el trozo de muro que les corresponde en tonos pasteles para infundir calidez al espacio. Por tener, tiene la citada plaza hasta un personaje pintoresco: un tipo que siempre está allí dentro, en la oscuridad, tras una columna, acechando para dar las buenas noches a los aparcadores. Se llama Roberto y siempre lleva el mismo jersey de ochos. Las hermanas Luisita le llaman Maestro Rata o Maestro Tortuga. La misión del Maestro Rata es defender ese subsuelo con su propia vida si hiciera falta.

El pasado sábado finalmente aparqué en parte sobre una acera, en parte obstaculizando el portal de un dentista. Y subí a pelearme con mi novia. Por la escalera. Ascensor roto. Hasta el séptimo piso. Cuarenta minutos buscando dónde aparcar más catorce tramos de escalera me predispusieron para la gresca. Timbrazo entrecortado. Mi suegra me abrió la puerta sin decir ni mu. En alguna ocasión he mencionado los tensos momentos de pasillo que vivimos ella y yo. Son duelos de western. Ella va a la cocina. Yo voy al baño. Los dos sostenemos la mirada. ¡Pónganme musiquilla de Ennio, prego! «Yo de ti cambiaría de ruta, forastera. » Ella se escabulle hacia el salón. ¡Victoria!

En aquella ocasión, Mi Luisita estaba de manicura francesa. Era buen momento para abordar temas de enjundia, porque ella iba a estar más pendiente de la línea blanca de laca de uñas que de mis palabras. Extraigo con dos pinzas de la ropa el siguiente fragmento de conversación:

Dije yo: Ya te he explicado que los finales a veces no llevan sorpresa. No estamos hablando de huevos kínder. Aunque he de reconocer que tanto en la vida como en el deporte no se me dan bien los finales. Y tú siempre esperas segundas partes inexistentes. Prefiero dejar las cosas a medias. Por cierto, no he ganado los dos mil euros del concurso aquél de relatos al que me presenté.

Y dice ella: Normal. No les encuentro la gracia. Es lo mismo que dices de normal, pero por escrito. Eso no es escribir. Es transcribir. Además, creo que voy a optar por no mantener ningún tipo de conversaciones contigo, ya que todo lo que digo podrá ser utilizado en mi contra... y sobre papel. No soy más que una generadora de diálogos para esos chistes que escribes.

Me cabreé un rato con ella mientras se abanicaba las uñas de porcelana, porque es cruel conmigo y me dice verdades, y eso no me gusta nada. Vuelvo al diálogo plagiado:

— Tú lo que quieres es una novia rubia y calladita. Que te siga la corriente.

—Y que viva en un barrio sin problemas de aparcamiento— apostillé.— Me voy al parquin a contarle mis neuras al Maestro Tortuga, que él sí que me entiende.

— No tardes.

—¡Cowabunga!

lunes 2 de noviembre de 2009

Versión coloreada de mí mismo

Estoy sentado delante de un pequeño pupitre de colegio de color verde. Tengo sobre él tres cuartillas con ideas para un cuento entremezcladas con garabatos a boli. La profesora del taller de dibujo y creación, de bella sonrisa, se me acerca. Lleva una rebequita de hilo, bajo la que se adivina escote barco. Recoge mis cuartillas, que le ofrezco con deleite, y las ojea. Yo me pongo muy nervioso, tartamudeo, enrojezco y palidezco, y le cuento que son chorradas que pinto. Que ése de los dibujitos soy yo, bueno, la versión coloreada de mí mismo, y que son cuatro trazos, "¿ve usted? Cojo dos puntitos para los ojos, sigue después la línea horizontal en la frente, cuatro pelos así y brazos anchos como apoyados sobre una baranda o una mesa. La profesora se sonríe, y me enseña los empastes sin querer. Perfectos empastes. Alaba mi trabajo y luego se marcha a otros pupitres. Al poco viene a mi pupitre la otra maestra. Lleva la misma rebeca de hilo que su compañera, pero tiene pelos en la barbilla y una gran espinilla en la punta de la nariz. Viene con una sonrisa arrugada hacia mí y hace el gesto de querer ver mis papeles. Le digo que no se moleste, que aún no he terminado y que se pase luego. La profesora insiste y prácticamente me los quita de las manos. "¡Es usted una mala bruja y la odio! ¡Déjeme en paz con mis papeles!" Mi mal humor es evidente y me doy cuenta que hasta en los sueños me estoy volviendo un cascarrabias insoportable.

sábado 31 de octubre de 2009

Contramuslos con verduritas

-Fue sin querer, madre. Yo no quería hacerle daño a padre. ¿Qué he hecho?, ¿qué he hecho? - sollozos.
-No te culpo, cariño. Un arrebato lo puede sufrir cualquiera. ¿Qué son en verdad doce puñaladas en el vientre y dos certeros golpes en la sien con el María Moliner, tomo uno, para después cocinar sus contramuslos con vino blanco?
-Por cierto, no apartes las verduritas, que tienen todo el sabor.
-Es que se me repiten los chícharos, cariño.

viernes 30 de octubre de 2009

Ofrecimientos

Lo que no sabía tía Brígida cuando se ofreció a hacerles la colada a mano a su hijo y a su pareja sentimental Roberto era que tanto el uno como el otro dejaban palominos en los calzoncillos a diario.

miércoles 28 de octubre de 2009

La mosquitera

[134. I'm yours - Jason Mraz]

Me rebusco en los bolsillos de la bata buscando alguna hojaldrina, una bolita de coco, algo a lo que aferrarme. Sólo encuentro klínex arrugados.

El señor Pérez se colocó delante de la cámara web. Se puso las antiparras y entrecerró sus ojos azules para mirar al objetivo. La ajustó a su altura y se atusó las canas de la ceja derecha. En la pantalla del ordenador portátil parecía más mayor que en realidad. Llevaba una camiseta de Heineken, toda verde, y no sonreía, como de costumbre. La risa del señor Pérez, en las dos ocasiones en la que llegué a verla, era una mueca en la que abría la boca, como si sufriera una parálisis del labio y quisiera sonreír.

No me apunte usted a las piernas, que voy en pantalón corto y no quiero dar pie a mofas en la fábrica.

De acuerdo, señor Pérez. Sólo hasta el logotipo de Heineken en el pecho.
Una vez establecida la conexión del otro lado del mundo, Germinal nos comentaba el estado de las ventas. Eran las ocho de la tarde, hora local. Estábamos en la habitación de Marifé, acabando el diseño de los últimos pijamas de niño en la planta treinta del Citic Ningbo.

Muy bien, dijo el viejo Señor Pérez. Me voy a mi habitación, que me traje un salchichón ibérico y un trozo de queso de oveja y tengo que acabarlo.

Marifé fue a darse un masaje de pies. La otra patronista y yo nos quedamos en la habitación diseñando pijamas.

Marifé optó finalmente por el masaje de pies, así que nos quedamos los dos solos en aquella habitación de hotel, tan lejos de Europa. A mi izquierda, y con 48 kilos de peso, la pequeña Ani, pequeñoburguesa, de metro sesenta escaso, flequillo y vertiginoso escote; a mi derecha, yo mismo, ciento siete kilos de peso, metro ochenta y uno, en pijama y con calcetines de rayas. La tensión sexual podía cortarse con un buen cuchillo jamonero. Intentaba concentrarme en las fichas técnicas, en cómo explicar la posición de los galones de los bolsillos y las mangas para que el chino con gafas que se hacía llamar Weigh lo entendiera cuando se lo explicara la mañana siguiente en la fábrica. Es bastante difícil hacer entender a un chino con gafas cómo van cosidos unos bolsillos al bies mientras debajo de una chapa de uralita setecientas cincuenta máquinas de coser tricotan sin parar causando el ruido de un avispero gigante. La chapa hace que se recaliente el taller. El zumbido de las máquinas atonta a los occidentales. Las batas amontonadas de muflón pelo largo —auténtica piel de fráguel— caldean aún más el aire viciado del húmedo verano. Los efluvios químicos de los tintes que llegan de la sala de tintados atontan los sentidos, y con un trozo de felpa en la mano, intento explicar a Weigh que el tejido no está lo suficientemente peinado. Weigh, de dieciseis años, que se presenta ante mí, Marifé y el Señor Pérez como el responsable de la campaña invierno dos mil siete de nuestra empresa, que te atraviesa con su mirada perdida, que parece que no se está enterando ni de media palabra de lo que le estás contando. «Tengo la impresión de que este canalla me está tomando el pelo como nunca antes me lo habían tomado», suele decir el señor Pérez cuando trabaja con chinos.

Mis pensamientos volvieron de la fábrica a tres menos cuartillo, subieron por el dedo gordo de la sandalia de la diseñadora hasta las ternillas nerviosas de las orejas, las orejas más caracoleadas que había visto hace tiempo. Al final, mi hilo argumental se coló sin querer por el escote de la muchacha intentando averiguar si las tetas eran de verdad suyas o postizas. «Estando tan delgada es imposible que gaste una 100 copa A», me dijo el Señor Pérez alguna vez en petit comité. Me instalé ahí un rato. Pasé las diez horas del vuelo hasta el aeropuerto de Pudong con la misma duda. No tenía la suficiente confianza para preguntárselo. Las pestañas eran fruto del rizador de pestañas, eso era evidente. Los tres o cuatro centímetros extra de altura eran fruto de los zuecos que llevaba puestos, muy à la mode. Las uñas con manicura francesa también parecían postizas. De perdidos al río:

«Hablando de todo un poco, tus pechos...», dije. No terminé la frase. La pequeñoburguesa dio un respingo, se escondió tras la puerta del armario entre el albornoz y las pantuflas de toalla. Lógico, pensé. Si un enorme gordo de casi ciento diez kilos en pijama te quiere preguntar algo sobre tus tetas, es para asustarse. La pija señaló a mi cabeza sin articular palabra. Entonces me di cuenta: un enorme insecto zumbón de tórax azul eléctrico estaba suavemente posado sobre la cortina.

Tuve que interpretar mi papel de caballero y fui a matar a la bestia con una de mis zapatillas, mas erré el tiro, golpeando en mi intento con brío la mosquitera de la habitación.

Y la mosquitera cayó. Cayó a cámara lenta, como caen las hojas de los sauces en otoño. Hice un torpe amago por evitar el desastre, sin resultado alguno, por supuesto. Una china vieja pasaba justo por debajo y empezó a chillar algo que vendría a significar «sinvergüenzas, casi me abrís la cabeza». Cuando se está en un país con dictadura militar y tiras una mosquitera con luna de cuatro milímetros al suelo desde un segundo piso piensas que nada bueno va a pasarte, y piensas en el ejército chino y en los jergones de las cárceles. Te asustas, te buscas el pasaporte por los bolsillos de la bata y esperas que el Señor Pérez tenga buenos contactos no sólo en el gremio de las bragas de cuello vuelto. Nos quedamos los dos apoyados sobre el alféizar de la ventana, mirando las migas de cristal y el cadáver de la mosquitera. No tardé en desviar la mirada a las tetas de la diseñadora. Eran de silicona, estoy casi seguro.

lunes 26 de octubre de 2009

No bebas mucho

[133. The prettiest Star - David Bowie]

Ya está decidido. El sábado no cenaré con esos treinta desconocido que son mis compañeros de primaria. Se han localizado unos a otros, han tirado de las agendas escolares, y finalmente se van a reunir en un restaurante pijo cerca de la catedral con objeto de recordar batallitas de cuando éramos críos, corríamos por el patio del colegio y levantábamos las faldas del uniforme a las niñas. Yo no voy. Llevo dos semanas recibiendo sus e-mails que abusan de las copulativas tan panchos y están llenos de signos de admiración y de palabras con muchas letras repetidas de ésas de dejar pulsada la tecla un rato para demostrar alegría. Compañeros de la escuela, una cosa os digo: con una admiración antes y otra al final ya se denota suficiente alegría por reunirnos. No es preciso colocar ciento doce signos de cierre de exclamación. No lo es. Qué asco, por Dios. Y por mucho que repitáis las letras, no vais a gritar más, porque, siento abriros los ojos, por e-mail no se puede gritar (aquí hubiera colocado las ciento doce exclamaciones y muchas aes en la palabra «gritar», pero para no caer en mi propia trampa, hago un ejercicio de contención).

Espera, espera un segundo, ¿Dónde he dejado mis pastillas de la ansiedad?

Sinceramente, me repatea el estómago este tipo de cosas, al igual que las comuniones y los bautizos y que vengan mis tíos a merendar a casa para ver los muebles y tener que sacar el juego de café de los invitados y poner buena cara y «hay que ver el carpintero cómo me ha rematado el armario» o «mirad que bonito el suelo de porcelanato». No soy muy dado a reuniones familiares, menos aún con gente con la que no alterno desde que veía Muzzy. Así que finalmente decidí no ir a criticar, ni ver quién está más gordo y más calvo que yo. No quiero terminar borracho y levantar la falda a las copulativas. Y me voy a escuchar a Nuria Fergó en mi ipod, para animarme.

* * *

Primera cerveza. Sigue lloviendo y la idea de la cena con los amiguitos del cole es todavía una pesadilla horrible con payasos diabólicos, cuevas oscuras y reguetón. Mi psicólogo dijo que sería muy buena terapia para cerrar heridas y que desaparezcan los traumas. Con la pequeña salvedad, le dije al loquero, que no quiero que desaparezcan mis traumas. Les he cogido cierto cariño. Entro en el Cheers de Plaza del Obispo. Justo enfrente de mí, al otro lado de la barra, me veo reflejado en un espejo. Miro con más atención para descubrir que no hay espejo, sino una estatua a tamaño real de Norm. Me empiezo a deprimir. La camarera tiene buenas tetas. Le entro, pero es alemana y no pilla los chistes sobre las nuevas ministras, así que rebusco las almendritas entre los aperitivos, termino mi Heineken y me largo.

Segunda cerveza. No llevo paraguas y piso un enorme charco con mis mocasines. Empiezo a notar los calcetines mojados. De momento sólo hay tres desconocidos de sexto be esperando para sentarse a la mesa. Uno calvo (¡bien!) con su novia del brazo con cara de pánfila y buen culo (¡¡bien!!). Es la única cónyuge asistente. En realidad el tipo calvo no está calvo del todo. Tiene unos ricitos en mitad de la cocorota como Krusty el payaso. El otro está más gordo que yo (¡¡¡bien!!!). Siento la boca seca. Menos mal que me traen la caña rápido y llegan las niñas de mi clase. Una de ellas, sorpresa, es Laura Cuenca que tiene tetas desde los seis años. Nos sentamos. Me empiezan a venir recuerdos. Repaso de memoria cómo contarle a Laura Cuenca mi amor platónico por ella durante todo cuarto de primaria. Le diré lo de la pompa de jabón. Pero prefiero dejarlo para más adelante, cuando esté más borracho. Me cuentan los primeros rumores. Según dicen que les dijeron, Dani Moreno es ahora una tía de metro ochenta con dos implantes mamarios como dos carretas. El resto de niños va llegando.

Primera copa de tinto. Me siento con Paquito Galeón, Cañete y Martínez. Demasiados nombres propios, y no quiero que se vean reconocidos. Tal vez lo mejor sea pasarse al sustantivo común, concreto o abstracto, individual o colectivo. Pero común. Los nominados pueden tomarse represalias si llegan a enterarse de que cuento esta historia. Me viene otro nombre propio: Tía Marta, que al B.O.J.A le llama Borja. Y al showarma le dice sanjuanma. Y yo le digo: «tía Marta, la envidio; mejora usted la realidad de una forma que ya me gustaría a mí».

Mientras pensaba en mis cosas nos trajeron el primer plato y, casi de casualidad, recordamos los amoríos de una compañera ausente y novicia. La chica en cuestión salió con el hermano de Martínez. Cortaron y el hermano de Martínez entró en el seminario. La futura monja se enrolló después con Cañete. Cortaron y Cañete entró en el seminario. Por último, estuvo saliendo con Martínez y después de romper, Martínez se fue de misiones a Guatemala. Tras el accidentado historial amoroso, ella tomó los hábitos. «Joder», sentenció Paquito Galeón, «esta tía tiene a Dios en el coño».

De los bolsos empiezan entonces a salir fotografías desenfocadas de las dos excursiones que hicimos: una a la fábrica de la cocacola y la otra a la fábrica de donuts. ¿Por qué les gustarían tanto a los maestros las excursiones a fábricas? Hay una en la que parezco estar explicándole algo importante a la señorita María Luisa. Por supuesto, llevo chándal. A las excursiones a fábricas de alimentos básicos había que ir en chándal. Detrás nuestra hay un enorme tanque de pasta densa de cocacola. La insulsa foto me impide tragarme el espárrago deconstruido. Se me humedecen los lacrimales sin querer y se me sube un nudo a la garganta, como si el espárrago se hubiera quedado ahí atravesado. Pido la segunda copa de vino.

Segunda copa de tinto. De oca en oca y vamos al viaje de fin de curso durante el cual seis valencianas en pijama asaltaron la habitación que compartíamos Paquito Galeón y yo. En un momento de la noche Galeón se sacó la polla al viento y empezó a saltar sobre su cama, causando cierta incomodidad en las valencianas, que huyeron despavoridas y gritonas por los pasillos del hotel. Paquito Galeón está disfrutando contando sus aventuras y retoma su pene como tema de conversación. Nos recuerda —demasiado gráfico— cómo se hacía las pajas en mitad de la clase de religión. Cruzaba las piernas de una forma estratégica y apretaba siguiendo un ritmo acompasado sin que nadie se diera cuenta. Toda la clase concentrada en los ejercicios del catecismo, mientras él se masturbaba bajo el pantalón mirando al crucifijo de la pared y a la foto del Rey alternativamente. «Si queréis os enseño la técnica», dice a los 28 años. Una vez Don Blas lo pilló en mitad de su onanismo. Le dijo que no mirara más las musarañas y que se pusiera a escribir y él se puso rojo como un tomate. «No le podía contestar, estando como estaba a punto de eyacular, y decirle que me estaba pajeando», dice orgulloso.

Galeón empieza ahora a contar cuando se metió un mechero por el culo, pero es demasiado zafio incluso para mí, así que me levanto a hablar con otras gentes.

Tercera y cuarta cerveza. Algo más animado, me dirijo a Laura Cuenca, mi Leonor machadiana de infancia. Mientras me acerco a ella, que está en el otro extremo de la mesa, escucho de fondo alguna conversación.

(—¿Os acordáis de Rafalón?

—Ése era un putero —suelta Galeón.

—¿Con diez años?)

Es el momento. Saco mi cuadernillo de traumas a escondidas y busco el correspondiente por la ele de Laura: cuando todavía teníamos clase por las tardes, después del comedor. La señorita María Luisa ponía a coser a las niñas y a hacer marquetería a los niños. Sin embargo, en esta ocasión, ni cosíamos ni serrábamos chapones con la segueta: todos pintábamos figuritas de escayola. Aquella tarde los dos acabamos pronto las divisiones de dos cifras —se nos daba bien el cálculo— y nos mandaron a clase de la señorita Rotenmeyer (siempre hay una en todos los colegios) a terminar de pintar nuestras escayolas. Yo pintaba un enano de jardín. La Cuenca, unos estilizados angelitos. Yo, con rojo bermellón, azul azafata y brocha gorda. La Cuenca, tonos pasteles y un pincel de perfilar. Ahí era el niño más feliz del mundo. La Cuenca y yo, codo con codo, pintando escayolas. Amor infantil puro, limpio y hermético, como un tupperware. Apuro la cerveza y se lo cuento, pero ella no se acuerda de nada. Sólo me dice que puede que yo lleve razón, porque le gustan mucho los angelitos. Pero no se acuerda de las figuritas de escayola.

«Sin embargo yo me acuerdo vivamente de mi enano gruñón lleno de pegotes de colores. Al igual que me acuerdo de aquella tarde en clase de la Rotenmeyer cuando soltaste un enorme eructo. Después te reíste. Te salió de muy dentro. Fue el eructo más espantoso que había oído nunca hasta que en séptimo de primaria Manolito descubrió la pepsicola. Y entonces mi amor platónico, como una pompa de jabón que se rompe, desapareció». La chica me mira un poco contrariada tras escuchar mi perorata. Yo afirmo con la cabeza. «Llevo preparando la frase de la pompa de jabón desde el principio del cuento», le digo, «y mi psicólogo me dijo que no me guardara nada para mí».

Quinta cerveza, creo. Animado por el poco éxito con la Cuenca, me dirijo a Ana Moralejo, mi segundo y eterno amor de infancia, mi Zenobia Camprubí, la niña más lista de la clase cuya falda más nos gustaba a todos levantar. Me retrotraigo a mis años de niñez, a un día en que mis abuelos pornográficos maternos me regalaron una simpática agenda del superpop. Bajo la fecha de cuatro de mayo, junto a la foto de Cibyll Shepherd, apunté con mi caligrafía de libreta de dos rayas «me gusta Ana Moralejo. Es mi novia pero ella no lo sabe». Escondí la agenda en un cajón de casa de la abuela, bajo una revista interviú. Ese día mi primo Jesusito y yo nos quedábamos a dormir en el nueve, en casa de los abuelos. Tita Chiqui se fue a la iglesia evangelista con su novio el Manqueta. Mi primo Jesusito buscó para finalmente encontrar la agenda del superpop y empezó a dar saltos en la cama gritando y repitiendo «Moralejo, Moralejo. Al primo le gusta la Moralejo». Me llevé un buen berrinche, aunque ahora que lo pienso, Jesusito no conocía a la Moralejo y tampoco era para tanto. Pero recuerdo haber dormido muy mal esa noche y haber extrañado mucho mis sábanas.

Le cuento al pezón izquierdo de la Moralejo, que se le escapa de la camisa, el anterior trauma descrito, con mi primo Jesusito y el Manqueta incluidos. Ella me mira de arriba abajo, dice algo como «ah, ¿sí...?» con puntos suspensivos y todo, sosteniendo su cigarrillo como una diva con ojeras. Yo sigo mirando el descuidado pezón. Ella gira indiferente la cabeza y le pregunta a su amiga que cómo estaba su padre de lo del cáncer de pulmón. Me doy por aludido y me voy con la música a otra parte.

Tercera copa de vino. Krusty el payaso viene hacia mí decidido, con lágrimas en los ojos, y me da un abrazo fraternal, que le devuelvo sin más remedio. Me da cosa decirle que no lo conozco. En lugar de eso, le digo que su novia está bastante buena. Krusty me lo confirma entre lágrimas con la barbilla. Llega otro calvo. «¿Ese no tenía una melenita surfera?», se murmura entre los más cabrones.

Miro a mi clase formando barullo en el bar pijo. Uno que monta ascensores, otro que lleva veintiún meses de baja por depresión, una enfermera, una profesora de educación especial, un agente de cantantes de hip-hop, una cajera del Mercadona, dos exseminaristas, bueno, y yo mismo, que también tengo lo mío; sigo escuchando conversaciones ajenas.

(—Raro que no haya venido la sapo.

—¿Tal vez porque la llamamos «la sapo» durante ocho años?)

Os quiero más que a mi perra, salta Galeón, y nos abraza muy efusivo. Por algún motivo los recuerdos parecen diapositivas que me van asaltando. Clic. La perra de Galeón. Esto no lo digo, pero lo pienso: me juego otro espárrago de los del principio a que Galeón se follaba a su perra. Clic. Otra diapositiva: Galeón bailando en mitad de clase la canción de un grupo de dos mariquitas con mechas de la época. Estoy algo achispado y me quiero ir a mi casa a despertar a Mi Luisita o a ver el porno del canal cuarenta y siete. Pero antes me falta la copulativa.

Vale. Sexta cerveza. Había un grupito de niñas en clase, de la élite, algo frescas, a las que llamábamos las copulativas. Con una de ellas, Mapi, mi Margaret Dumont, perdí la virginidad en séptimo. Tacho bajo la eme de mi lista y le pregunto discretamente si se acuerda de mí. La copulativa Mapi me mira al entrecejo y se ríe. Se acuerda. Más diapositivas: clic, el rizo de pelo púbico que se le escapó del pantaloncito de deporte sentada en la pista del polideportivo con las piernas cruzadas en clase de gimnasia. Me leyó las líneas de la mano y me invitó a su casa para que le explicara matemáticas y me encerró en su habitación y me dijo que sus padres estaban en el pueblo y me bajó los pantalones y me cantó una canción hortera entre peluches.

Se me acerca un tipo con pinta de yonqui que me llama por mi nombre, que me dice que cómo no me voy a acordar de él, que llevaba ricitos y estaba gordo y el polo blanco del uniforme lleno de lamparones. «Pues no me acuerdo. Me acuerdo de uno que comía tizas y de otro que rebuscaba en la basura restos de bollicaos. Pero no de ti.»

Primer, segundo y tercer chupito. Terminamos de comer y vamos a por un sanjuanma de algún puesto callejero en alguna esquina porque la comida ha sido una mierda deconstruida y moderna.

Primer y último cubata. Quiero acabar con esta mierda. La media de edad en la discoteca elegida para las copas ronda los cincuenta, lo que provoca que me lance en busca del gintonic desesperadamente. Se trata de un local oscuro como una cueva en el que ponen reguetón ininterrumpidamente. Me despido efusivamente de la novia posesiva de Krusty y le toqueteo el culo. Pas de problème, está borracha como una cuba y se deja. Incluso diría que le mola. Me termino el cocoloco de un trago y me despido del resto, Margaret, Zenobia, Leonor, Paco Galeón, los seminaristas, etcétera, etcétera, y salgo pitado para casa. Ojalá que lo repitamos pronto, dicen.

«Sí, barbacoa en mi casa, no te jode», digo con media lengua, tambaleándome un poco. «Conmigo no contéis.» Repaso la lista de traumas de memoria. Lo he dicho todo. Como me recomendó el psicólogo. «¿Ya te vas?», me preguntó Krusty en la puerta del local. «Evidentemente», respondí, «mañana tengo que madrugar para comprar La Opinión de Málaga, que regalan una peli de vaqueros». Moderno.

viernes 9 de octubre de 2009

Que nació de los dos

Al vestuario de la piscina llega un señor que es profesor de autoescuela. ¿Y cómo sabes que es profesor de autoescuela?, me preguntará María, tan tiquismiquis como siempre. Ya. Sí. María, sí. Lo sé y punto porque soy el narrador omnisciente que todo lo sabe. No le des más vueltas. El señor es compacto y gordo y tiene los ojos muy juntos y las cejas bastante juntas también, para qué negarlo. Entra con su bolsa de deporte y busca una taquilla vacía. Los jubilados del turno de las nueve acaban de la clase de aquagym y franquean las puertas tipo saloon del oeste. Llegan con los gorros de silicona y la gafas de buceo encastradas, espaguetis de corcho, manguitos, todos mojados y peludos y ven cómo el señor barrigón profesor de autoescuela se baja el pantalón de cara a las taquillas, luciendo los cachetes de su rechoncho culo enmarcaditos por un tanga blanco. Los viejos se dan codazos y uno de ellos se lanza a cantar al aire, no sin cierta sorna, "yo recuerdo aquel día que nos fuimos a nadar, aquel agua tan fría y tu forma de miraaaaaaaaaar, en el río aqueeeeeeeeeel, tu y yo y el amoor", todo acompañado de los gestos correspondientes, como los de la niña que recita su poesía en la función del colegio, mientras señala con la mirada el culo del profesor de autoescuela y usa el bote de champú a modo de micrófono. El autoescuelo mira con sus ojos juntos sin enterase mucho del percal y el resto de viejos en bañador le hacen el coro a su amigo: "Cuchiri, cuchiri, cuchiri, cuchiri, chiri chiri" y chasquean los dedos siguiendo el ritmo pegadizo de la melodía.

martes 6 de octubre de 2009

Daños a terceros

[131. Gopher - Yma Sumac]

Corría el loco 2006. Sí, ya sé que para mí todos los años fueron locos, y qué le voy a hacer si a pesar de que el año en cuestión fuera el más cuerdo de todos los años me gusta la expresión. Hay cosas mucho peores, como endrogarse con ansiolíticos o decir palabrotas todo el rato o ser adicto a los donuts de chocolate, defectos todos de mi persona, por otro lado. Llevábamos todo el loco verano siguiendo la gira de un bronceado cantante latino que, después de ser consultado, ha preferido mantenerse en el anonimato. Íbamos como grupis treintañeros en chanclas y fumando drogas blandas, persiguiendo conejos, tras la caravana de los músicos con nuestro opel corsa gris perla con el capó manchado de cagadas de gaviota. Algeciras, Sevilla, Málaga, Úbeda y cuando sucedieron los hechos, Almería. Hasta el momento nos habíamos alojado en los más cutres cámpings que nos ofrecían la oportunidad y el bolsillo. Pero hartos de dormir resacas oliendo a plástico de tienda de campaña, hartos de follar intentando no despertar a los acampadores vecinos y cotillas, nos dimos un caprichito y reservamos en el ene hache de la ciudad. El cantante y sus músicos también.

El primer contacto con la gente del entorno del hombre ocurrió ya en la recepción, donde nos encontramos con uno de los guitarras que mi amor bautizó como “Panchito Júnior”, y que nos habló, vete tú a saber por qué recóndito motivo, de la tournée de la Pantoja mientras mojaba churros en un chocolate espeso y de la pronunciada frente le caían goterones de sudor de mes de julio almeriense.

—Parece que nos siguiera—decía Panchito Júnior con la boca llena de masa, salpicando un poco en el cristal de la mesa.—Ciudad a la que vamos, ciudad en la que toca la señora de Cachuli después de nosotros.

Nos contuvimos de enseñarle en el móvil las fotos que nos hicimos con la tonadillera a la salida del Guadalpín. Por tener cierta deferencia con el mosqueillo de Panchito Jr.

También andaba por la recepción, y ya completamos el reparto, una tía alta y rizada que le hacía los coros al hombre, y un tipo gordo engominado que esperaba con una cámara. Éste último, conjeturaron nuestras mentes calenturientas, era un hijo secreto del músico en busca de una contundente prueba de paternidad: un frasquito con semen, un par de pelos del pecho o un besito de amor de reencuentro paternofilial.

Después de disfrutar de las playas fachas almerienses y de hacer manitas durante unas horas y fumarnos unos porros en la habitación del hotel, llegó la hora del concierto.

. . .

La noche del evento Mi Luisita llevaba el vestido de algodón de los conciertos —una falda demasiado corta para mi gusto de macho posesivo— y el collar de los conciertos —también demasiado corto para mi gusto de macho posesivo— y algún que otro complemento que también recibió la coletilla amarga «de los conciertos» y la de «demasiado corto etcétera». Cuando ya arrancábamos, se dio cuenta de que olvidaba algo en la habitación y que no había más tu tía que subir de nuevo. Entrando algo más en detalle, se le olvidaron las bragas. No las que llevaba puestas. Que llevaba, para variar. Si no unas que pensábamos tirarle al hombre que cantaba, así, de forma espontánea, en las que ella había escrito unos versos de una de sus canciones a modo de ofrenda. Mientras subía a la trescientos ocho a por la prenda, yo la esperaba en el coche, entretenido con el paisanaje: bajé raudo dos vueltas de manivela de la ventanilla y empecé a ligotear con quince muchachas de Roquetas. No es que sea adivino o que conozca a muchas roqueteras, es que llevaban una pancarta enorme en la que ponía «venimos de Roquetas a por Conchy», con su «y griega» dañándome las córneas como una puñalada. Todas llevaban sombrero de vaquero y pene de plástico en la cabeza, y despedían a una soltera, la tal Conchi. ¿Así que sois vaqueras? ¿Y tenéis caballo para montar esta noche? Y relinché. Escupieron las quince en el parabrisas, pero no lo tomé como algo personal. Por cierto, que las Roquetas siempre fueron de Mar.
¿A que no sabes con quien he bajado tres pisos en ascensor?, me preguntó mi novia al subirse al corsilla, con voz engolada de repelente niño Vicente. Pues con nuestro idolatrado cantante, acompañado de su hijo ilegítimo y la rizada de los coros. El hombre respiraba muy fuerte, como el malo de la guerra de las galaxias. Aprovechando la intimidad que dan los ascensores, mi amor sin decir nada le dio las bragas recién recuperadas. El bronceado latino las cogió, leyó sus propios versos en la parte del refuerzo de la prenda, y le dijo “espero que lleves otras de recambio”. Nadie respondió ni rió ni nada de nada. Todos los presentes en el ortoedro guardaron silencio. Desde ese día siempre que puede, ella cuenta que compartió ascensor con él. Dice que también le miró y tocó el culo, en ese orden. Cuánta fantasía hay en la mente de la pequeña florecilla de mis entretelas. Y cómo cambian las opiniones de las personas. Mi novia antes pensaba que aquél era un tipo con suerte de gorgorito fino. Ahora era Dios con camiseta de licra y mechas.

A la mañana siguiente, después del concierto, el famoso se tomaba una infusión y leía cuatro periódicos en la recepción del hotel con Panchito Júnior a su lado, como un perrillo al que acariciaba el lomo. Yo no podía ni hablar de la emoción de coincidir en el mismo espacio con mi ídolo. Mi Luisita fué a peinarse primero, a ponerse rimel en el ojo y carmín en el labio y media en la pierna para después acercarnos a conocer al mito y que nos firmara el disco pirata que le compramos a una china en Fuengirola, una china que llevaba antenas luminosas en la cabeza, neones, deuvedés porno y la última de Tom Hanks

— Fan, fan, de verdad, es mi novio —soltó mi amor en cierto momento, e hizo un gesto de su cabecita loca.

—Si me lo hubieras dicho antes, escribo su nombre primero. Es que ya he escrito la ele —dijo el hombre.
—Descubrí tus canciones gracias a él —dijo mi amor señalándome. Y yo, todo lo grande que soy, recordemos, ciento cinco punto tres kilos, me escondía tras mi Luisita de metro sesenta y tres y cincuenta y seis kilitos muy bien repartidos, todo hay que decirlo.
—Eso son
daños a terceros —dijo el poeta. Que ya no era sólo un bronceado cantante latino. No. Era la reencarnación de Pérez Estrada. Que la frase se la habrá dicho a miles de parejas, vale, sí, porque tenía pinta de respuesta resorte preparada y mil veces dada. Pero a mí me pareció original y chula. Toma adjetivos meditados. Y me firmó el cedé pirata. Así que se lo perdono, le perdono que le tocara el culo imaginariamente a mi cónyuge, le perdono que desafinara la noche antes como si estuviera en un karaoke de barrio y pienso que es cierto, que todas las cosas en la vida son daños a terceros. Y se me va la olla. El grado de ida de olla según el ollímetro marca un nueve en la escala de Richter: y pienso que debería ser más discreto a la hora de elegir los nombres propios para los personajes de estas historias, porque puede que haya alguien por ahí que me conozca físicamente y que lea estas mierdas, y que descubra que todo lo que digo es verdad, y que ya está bien de contar las cosas tal y como pasaron sin pensar en las posibles e ingratas consecuencias que pudieran acarrear. Porque, seamos intertextuales, tiene que pasar, que el azar y el puto gogle se alíen para que ciertas intimidades que cuento aquí sean conocidas para el posterior cabreo, y con razón, de Ani y el Señor Pérez y Mi Luisita y Tadzio el de los cristales y la panadera Rosi y el Cabronazo y Fuensanta barra Marifé, Polilla y demás familiares y allegados. E incluso algún ser querido.

Y todo lo que cuento serán entonces más que nunca daños a terceros.

lunes 5 de octubre de 2009

Ir matando


"La vida va matando literal y metafóricamente todo lo que vas dejando atrás; mata tu infancia y luego a tus mayores; mata los recuerdos y los olvidos; mata lo que fuiste y lo que quisiste ser; mata de verdad, como un rayo furioso, a tu gente querida."

Rosa Montero, en el País Semanal de ayer.

domingo 27 de septiembre de 2009

Y he matado tu amor (inconcluso)

[129. Felicidad - La cabra mecánica]

El Rulina, tan largo como era, como un día sin pan, como un lunes sin tabaco, se las ingenió para salir de la cristalería en la que trabajaba media hora antes de fichar. Como excusa le había soltado a su jefe, el señor Bonitempi, que tenía que comprar un colchón. Y coló; vaya si coló. Aún así aquella noche y muchas que siguieron seguiría durmiendo en el suelo pues, por algún extraño motivo, no tenía la más mínima intención de ir a la colchonería. En lugar de eso, se le antojó despejarse e ir al mercado central a por unas cigalas. En verdad se llamaba Ramón, pero su destreza con el diamante para cortar los cristales a medida para los cuarterones de las puertas de las señoras en Acristalamientos Bonitempi le brindaron el apodo. Cigalas y cerveza fría, ése era el planning, pero cuando se rebuscó en los bolsillos sólo encontró tres (h)éroes con cincuenta y todavía estábamos a veintitrés. «No sé con qué dinero pensaba yo comprar el colchón imaginario», pensó. Por lo menos hasta primeros de mes le tocaba seguir durmiendo sobre el duro y fresco gres del salón. El GTA San Andreas y la PSP del cumpleaños de Pepe del pasado jueves le habían destrozado por los dos costados el presupuesto mensual. «Qué cabrón que es el destino: todo el día con un diamante en la mano y a la hora de la verdad no tengo ni para pipas.» Así que cambió los improvisados planes y se acodó en la barra del bar del mercado de Atarazanas para intentar evitar deprimirse. Un tipo, qué envidia, parecía haber vaciado las tripas de la máquina tragaperras, que escupía monedas y gritaba una música loca. Para colmo, el tipo tenía una novia que no tenía ojos más que para él. Los hay con suerte, pensó. Se tomó un par de cervezas y unas bocas de mar con limón y pimienta. Ja. Eso sería lo más cercano a las cigalas que se comería hoy. «Vaya porque», como diría Pepe.

Empezaron a pasar las medias horas mientras el Rulina, acodado en la barra intentaba ahogar sus problemas en cerveza Victoria, pero los muy cabrones seguían flotando; sentía como un río de sudor caliente le recorría la espalda y le mojaba la camisa hasta la cinturilla. La frente y la calva morenas brillaban por el sudor que brotaba de todos los poros debido a la humedad que casi podía cortarse con un cuchillo, o mejor dicho con una rulina. En cualquier caso, la cerveza ayudaba al menos a esquivar la memoria de sus últimos acontecimientos conyugales, aunque los posos de lo que pasó no se quitaban de enmedio: su mujer le había dejado por su mejor amigo, como en los malos relatos. En realidad no era tan buen amigo (y menos después de tirarse a su mujer); era un conocido con el que el Rulina solía ir a pescar los sábados. La semana pasada, ni corta ni perezosa, la señora de Rulina se llevó el coche que sólo utilizaba ella —el Rulina no sabía conducir—, la zodiac y el sofá cama donde dormían cuando eran marido y mujer. «Que se lo lleve todo», pensó. «Me importa una mierda. Los álbumes de fotos de la boda, la cubertería de plata, la mantelería bordada, que se lleve lo que le salga del coño.» Sólo le dejó, aún no sabía si por suerte o por desgracia, a Pepe. Allí bañado en sudor en la barra del bar del mercado, Ramón el Rulina se encontraba por enésima vez, y sin querer, rememorando la tarde en que su mujer le contó que se acostaba con otro reiteradamente. Volvía a esa conversación todas las noches tumbado en el fresco suelo del salón y ahora, con las pompitas de dos cervezas en el esófago a puntito de salir, le volvía a atormentar el tenemos que hablar que le dijo ella como en las películas de la tele, y cuando se sentaron en los taburetes de la cocina dejando la encimera de la cocina americana como barrera entre los dos.

Por qué le damos tantas vueltas cuando queremos decir algo, se preguntaba el Rulina mientras veía cómo su hasta el momento esposa daba rodeos y rodeos por circunloquios sin significado, todo tan en círculos, para explicarle los cuernos que le había puesto. Él, por su parte, intentaba prestar nada más que la atención necesaria a sus palabras. Prefería no fijarse en los detalles, porque no le gustaban los cambios, y no prestar atención a los detalles era una forma de que el cambio fluyera lo menos dolorosamente posible. Ésa era su teoría. Ya sabía lo fundamental: cornudo y en media hora abandonado por su señora.

Ella daba vueltas y vueltas con las subordinadas y a él le costaba un mundo identificar lo que sentía a medida que se enteraba de todo el pastel. Ramón era un hombre reservado, eso estaba claro, y prefería el silencio al conflicto y la continuidad al cambio. Rebuscaba por la punta de la lengua algo que decir, pero no le vino nada, ni un lo siento, ni un despecho. Nada. Ella por su parte, peroraba y daba sus razones y sus excusas, que si tú ya no me querías como antes, que si pasaba mucho tiempo sola, que si es lo mejor para los dos, etcétera, etcétera, y de pronto, en una pausa larga de la mujer, él sentenció: «Esto nos ha pasado por no tener siempre un jamón en la cocina».

—¿Cómo?¿Qué estás diciendo, Ramón?

—Tenemos un cuchillo jamonero y no tenemos jamón. ¿Dónde coño tenías guardado el cuchillo?

¿Cómo? —repitió la señora de Rulina.

—Que nos ha pasado por no tener un jamón serrano en la cocina, chati. ¿Estás sorda? Los jamones dan felicidad. Eso. Dan felicidad.

Mientras el Rulina rebuscaba en el primer cajón, el de los cubiertos, ante la anonadada mirada de su mujer, Pepe entró en el salón-cocina.

—Mamá, quiero merendar.

Pepe llevaba una camiseta de tirantillas de la película Cars algo estrecha en su rechonchez y unos calzoncillos celestes de los antiguos; se acariciaba los genitales con una mano.

Que te ponga papá la merienda, Pepe.

Mamá aprovechó el despiste de Ramón mientras conversaba con su hijo para coger el cuchillo jamonero de la encimera donde él lo había soltado, y guardárselo bajo el vestido con el único propósito de evitar convertirse en titular de periódico. Conocía bien a su marido, sabía que era un hombre calmado y pensaba que su silencio mientras ella hablaba significaba que se estaba tomando muy bien la ruptura, pero ahora que hablaba de jamones y cuchillos, se le pasó por la cabeza que tal vez no se lo estuviera tomando tan bien y que en cualquier momento cogería el cuchillo, la descuartizaría allí mismo, sobre la encimera de la cocina americana, subiría los trocitos de esposa a la zodiac y la tiraría el mar. Pensó rápido y se escondió el cuchillo.

Vete a jugar, pichilla, luego te la preparo —quiso concluir el padre.

—Pero son las dieciocho cero seis y tendría que haber merendado a las dieciocho cero cero. Si no, se me pasa el hambre. Díselo, mamá —se quedó un momento callado mirando al suelo con la mano derecha jugueteando con sus testículos de niño—, que eso no puede ser.

—Vete a jugar, Pepe —dijo la madre, exhortativa.

—Menuda porque —dijo el niño mientras arrastraba los pies descalzos hacia su cuarto—. ¿Dónde está el sofá? —fue lo último que soltó el pequeño Pepe antes de desaparecer por el pasillo.

«Es verdad», pensó el Rulina. No estaba el sofá, ni la máquina de coser, ni la zodiac tampoco, ahora que se fijaba. Era una casa alquilada, casi sin muebles, sin cuadros en las paredes, muy luminosa eso sí, pero quítele usted la cama del pequeño Pepe, la tele y todo lo que se llevó la mujer con la colaboración del amante, incluida la zodiac, y era prácticamente una nave industrial vacía, un solar, un piso franco. «¿Para qué querrán estos dos la zodiac?», se preguntaba el Rulina. Y automáticamente se los imaginó en medio del salón hueco sobre la goma inflada de la barca, ella con las delgadas piernas levantadas en una torsión imposible, los dedos de los pies en tensión, muy separados con las uñas pintadas de rojo sangre, los brazos agarrando la maroma de la zodiac, y el compañero de las tardes de pesca ataviado con su gorro de pescador penetrándola rítmicamente, con el quejido con eco de la lona de la barca contra el suelo del apartamento.

¿Por qué coño no te llevas mejor a Pepe, y me dejas el sofá? — le preguntó a la puerta mientras ella la cerraba intentando que su hijo no se diera cuenta de la huída a lo Kramer contra Kramer de su buena mamá.

El Rulina decidió no darle más vueltas al asunto, se levantó del taburete del bar y dio una vuelta por el mercado con las manos en las caderas, como un biznaguero canijo y moreno en traje de faena, chulo y altanero, calvo y desafiante, y al mismo tiempo lastimero y pulgoso, sin un colchón donde caerse muerto. Pasó de puesto en puesto, roneándose, echándole un ojo suave al percal, mezclando olores, las especias, romero, canela, manzanilla, curry, conchas finas que sacan la lengua, cigalas vivas, centollos, pescadillas brillantes, enormes tajadas de atún, olor a pollo crudo, ciruelas barrigudas, medios melones, cajas y cajas de cerezas color sangre, hasta que se cansó, agarró y se fue al colegio a recoger a su hijo, y después se marcharon a casa.

sábado 26 de septiembre de 2009

Cerebro de mosquito

[128. Do you want to - Franz Ferdinand]

Buenas tardes. Soy el profesor Hugh Peabody del departamento de zoología comparada de la Universidad de Kentucky, en Lexington, Kentucky, donde además de impartir varios seminarios sobre los polímeros que forman las corazas de los artrópodos, me encargo de este nuevo departamento en auge debido al cual hemos organizado las presentes jornadas para presentarles los últimos avances que hemos realizado en el campo de la insectología comparada. El flamante Departamento de Cerebros de Mosquito Mosquito Brains Department, en lo sucesivo, el MBDse encuentra en pleno desarrollo ahora que, gracias a la indispensable labor de la señorita Nesbit y sus habilidades burocráticas, nos han aprobado el presupuesto para la segunda fase de nuestras investigaciones. Un presupuesto elevado, todo hay que decirlo, por los múltiples desplazamientos al extranjero que debemos realizar equipados del delicado material que utilizamos para la recogida de muestras. [En voz baja] Brandine, por favor, dale al play [fin de la voz baja]. Disculpen mi falta de cortesía. Miss Nesbit es mi más íntima colaboradora y encargada de la parte sociológica del estudio además de la que ha mantenido contacto con los sujetos y la que, digámoslo coloquialmente, se ha manchado de barro para conseguir las muestras. Señorita Nesbit, por favor, si es usted tan amable de encender el retroproyector.

[Una joven con melena rubia, muchas curvas, generoso escote, una bata de investigadora demasiado corta, piernas interminables y unas gafas a lo secretaria del undostrés saluda a la concurrencia con una leve inclinación de cabeza. En la pantalla empiezan a verse las fotos de Brandine en bikini en una playa acompañada de diferentes especímenes. El profesor Hugh prosigue.]

Los estudios del flamante MBD van a desvelarles a continuación, querida concurrencia, los resultados obtenidos. Nuestra investigación, supongo estarán en ascuas por conocer su objeto, ha estudiado el asombroso parecido genético entre los cerebros del cuclícido común, el mosquito, y ciertos grupos sociales del sur de una pequeña ciudad costera del sur de España llamada Málaga. Comprenderán ahora el porqué de la cuantiosa partida destinada a este proyecto. Brand..., quiero decir, la señorita Nesbit fue la encargada de realizar el trabajo de campo en busca de cerebros de los curiosos componentes de esta tribu, que son fácilmente identificables por una serie de características físicas que están enumeradas en la página 148 del dossier que tienen ustedes delante. Pueden ver algunos de los especímenes en la pantalla, vean, vean. Suelen desplazarse en moto, en chándal, y llevar gorra de béisbol. Se ponen el casco encima de la gorra, ¿ven? y debajo de la susodicha, mechas rubias y el pelo preferentemente de punta. Se caracterizan asimismo por ir adornados con numerosas joyas de oro, independientemente del sexo al que pertenezcan: cadenas con colgantes que representan a un famoso cantante flamenco que responde al apelativo de «Camarón», escudos de los equipos locales de balompié o fotografías (grabadas en oro, recuerden) de familiares ya fallecidos de los sujetos portadores. Otra de las características más llamativas de este grupo social es la capacidad innata que poseen de comunicarse a gritos con sus iguales, rebasando los umbrales máximos de decibelios establecidos por la normativa europea en vigor, la famosa 2002/49/CE del Parlamento Europeo y la Comisión, tan largamente debatida en este foro en sesiones anteriores. El resto de identificaciones de grupo, las tienen ustedes en la página 215, bajo el epígrafe «Merdellones de Málaga».
Pero vayamos al quid de la cuestión. Ya de vuelta en el laboratorio del MBD, una vez recabada las muestras de cerebros de esta especie local gracias a las artes inestimables de Miss Nesbit, procedimos a la comparación genética de los cerebros merdellones con los de la del mosquito común. Fíjense en los resultados comparativos efectuados con las muestras de cerebro de mosquito en la página 356. La similitud genética es sublime, ¿no les parece?

jueves 24 de septiembre de 2009

Todo y nada sobre la elíptica

Me pongo los culottes de ciclista y me subo a la elíptica y a mi lado hay una señora con ropa de calle y zapatillas de deporte que se empeña en ir hacia atrás y mientras tanto no sé qué hacer con mi vida y todo me parece un poco una mierda y sudo y me duelen una serie de músculos cuyos nombres desconozco, soy como un armario en bicicleta, y pienso mucho en María y nada parece encajar y la señora sigue retrocediendo sin moverse del sitio y cada vez va más rápido y me sonríe con su dentadura postiza y todo me da vueltas y suena una música cañera de gimnasio, chunda, chunda y chunda, y la máquina de los abductores se queda vacante, así que la señora baja de su continuo rewind, recoge rauda su bolso, su agüita y su toalla y se desliza por el parqué hacia la máquina alargando los dedos para alcanzarla, como si de ello dependiera la vida de sus nietos. Muchas gracias.

lunes 21 de septiembre de 2009

La bollera, el boticario y el cerdo vietnamita

[126. You're the top - Cole Porter]

Hubo un tiempo en el que las mujeres que masturbaban a otras mujeres no estaban bien vistas por las mujeres que masturbaban de una u otra forma a sus maridos. Fue ése un tiempo, los tardíos ochenta, en el que los precursores de la movida ya empezaban a perder los dientes a causa de la heroína, las paredes se decoraban con papel pintado con motivos algo psicodélicos y las madres ponían de comer a sus hijos lentejas en platos duralex, translúcidos de tanto refregarlos con el estropajo.

Fue en ese tiempo, decía, cuando Helga decidió que no quería seguir mucho más tiempo estancada en su vida repetida y se marchó de casa de sus padres. Agarró su maleta y su Ford Fiesta rojo decolorado por el sol y huyó a San Pedro de Alcántara. Helga solía justificarse de haber tomado esa decisión alegando que no soportaba a su madre, que necesitaba independencia, que estaba cansada de seguir viviendo entre el humo invisible de las chimeneas fantasmas de las playas de la Misericordia, restos de la Málaga industrial del diecinueve, y que quería poner tierra de por medio tras el estrepitoso fracaso de su última relación sentimental. En su huida, Helga terminó compartiendo apartamento con un valenciano que trabajaba de crupier en un famoso casino de Marbella y al que le olían los pies. Era un piso de persianas bajas y telas de araña en las esquinas que le producía cierto desasosiego y cuya principal ventaja era que le permitía ir andando al despacho de abogados en el que trabajaba de pasante.

Su nuevo problema ahora que se había instalado en San Pedro era lo mucho que pensaba por las noches por culpa del insomnio. Parte de la culpa la tenía su compañero de piso —el Repartecartas de Mierda, como solía llamarlo ella en las largas noches de vigilia— que, terminado su turno, se hacía acompañar de alguna inglesa borracha, ruidosa en su orgasmo, que se dejaba follar sin oponer demasiada resistencia y no respetaba el dormir de la buena y huidiza Helga, que tenía que madrugar para ir al bufete. Cada mañana, en el desayuno Helga compartía fría tostada y cereales con Tiffany, Jennifer o Brittany, de Portsmouth o Chichester, mientras el Repartecartas de Mierda roncaba plácidamente en su lecho envuelto en sábanas sucias y un olor a pies que se escapaba hasta la cocina. Ése era el único contacto que tenía con la vida de su compañero de piso: las inglesas en el desayuno y el olor a pies, con la excepción de cuando se encontraban por los pasillos, donde Helga, tan peliculera como era, creía que era el momento perfecto para los duelos de vaqueros y lo miraba con odio y hacía como si desenfundara una pistola y le gruñía. Grrr. Pero el otro la tomaba a broma y seguía su camino sin echarle mucha cuenta.

Los nervios de Helga, de por sí a flor de piel, empezaron a resentirse por la falta de sueño continuada y llegaron a su punto álgido una madrugada que resultó especialmente ruidosa, en la que el Repartecartas de Mierda llegó con una chica cuyas carcajadas ratoniles llegaban huecas a la habitación de Helga antes incluso de que él abriera la puerta. A ella, que lo que menos le gustaba del mundo era que le despertaran risas ajenas e inoportunas, se cubrió la cabeza con la almohada, cerró la puerta de su cuarto a pesar del calor sofocante y la falta de ventilación para luego empezar a soportar el festival de los muelles, como solía decir ella, acompañado esta vez de unos grititos de rata que parecía estar agonizando en vez de pasándoselo bien. La rata inglesa aguantó dos asaltos y medio, mientras Helga se pasaba los tres combates pensando decirle «oye chaval que yo madrugo; oye chaval, que no me gusta que te lo pases tan bien mientras yo estoy sola en mi cuarto con la puerta cerrada para no escucharos; oye chaval, que tengas un poco de consideración, que el alquiler lo pagamos a medias». O tal vez sería mejor algo más dramático, un ultimátum o algo por el estilo. Toda la noche maquinando pequeñas venganzas como echarle pimienta entre las sábanas o agujerearle los condones que guardaba en la cómoda. Pero a la mañana siguiente lo único que hizo cuando se cruzó con él en el duelo de pasillo matutino fue gruñirle un poco, otro grrr lleno de rencor del que el crupier no supo entender todo el odio que concentraba. «Repartecartas de Mierda», murmuró Helga

¿Decías? —dijo el Repartecartas de Mierda.

No, que si quieres café.

No, qué va. Me voy a acostar. Pregúntale a Celine. Tal vez ella quiera.

Helga le preparó café a la ratona que no se llamaba Celine sino Candice, y no tenía ni pajolera idea de castellano, pero sonreía vestida con una camisa mal abotonada del uniforme del Casino. Helga la insultó un par de veces mentalmente, otro par de veces de viva voz, cuando supo que no la iba a entender.

¿Cómo puedes aguantar ese olor a queso de sus pies?

Candice soltó una risita de roedor, asintió con la cabeza y metió los morros en el tazón.

Candice en la cocina, el crupier ya roncaba en su habitación, y Helga que no aguantó más recogió sus cosas y se marchó. Por suerte, no tuvo que buscar ninguna pensión porque marchó a vivir a una casa en el campo, cerca de Ronda, invitada por una compañera del bufete de abogados, la Pumuqui, que se había convertido en confidente, y que a la primera de cambio le metió mano en la salita del microondas del despacho. Tengo un novio, mentía Helga dejándose hacer, presa de muchas noches de calentón escuchando al otro lado del tabique los jadeos de Jennifer, Tiffany, Brittany, de Candice la ratona, de Chichester, de Portsmouth.

Y así fue cómo acabó rodeada de animales y mujeres homosexuales en la casita de madera de la finca de Pumuqui, buscando alejarse desesperadamente de tanto nombre propio que bordaba su vida.

. . .

El boticario se presentó en la finca sin avisar, muy bien peinado, eso sí, con una muda arrugada dentro de una bolsa de plástico y apretando en la mano un bote de pomada para el herpes labial. Lo de no avisar era una confianza que él se había tomado la última vez que habló con Helga aprovechando la generosidad verbal de su interlocutora. Lo repeinado que iba era una costumbre que adquirió desde que empezó a estudiar farmacia. La camisa arrugada en la bolsa era consecuencia directa de lo poco que le gustaba planchar. Y la pomada para herpes era un mecanismo de defensa que había desarrollado con el pasar de los meses para protegerse psicológicamente de las enfermedades de los clientes que iban a la farmacia. Cuando llegaba algún señor con la receta de morfina o cortisona, o de algún atenuante poco efectivo de algún tipo de tumor, lo primero que hacía antes de buscar el medicamento era apretar en el bolsillo de su bata blanca el bote de pomada y aferrarse a él. Era su cruz de Caravaca, su pata de conejo, una forma de esquivar el miedo que le producía tanta enfermedad. Soñaba a veces con tener superpoderes, vivir para siempre y no sufrir ninguno de los males que veía a diario al otro lado del mostrador. El miedo inconsciente que le daba enfermar y envejecer contrastaba en cierta medida con sus camisas de cuadros y sus pantalones de pinzas, que le hacían aparentar mucha más edad de la que en realidad tenía.

Mientras esperaba que alguien se dignara a abrirle en la verja de la entrada, se acordó con cariño de alguna tarde de rebotica que pasaron juntos, del furor uterino de Helga y de esa costumbre suya de dejar las bragas sucias en cualquier rincón que le molestaba y excitaba a la vez. Helga y él fueron novios durante cuatro años, y después de que ella le dejara y decidiera irse a vivir a otra ciudad, llegó la castidad a la farmacia, castidad solo truncada por las pajas ocasionales que el boticario se hacía pensando siempre en el culo de la muchacha.

Helga lo recibió rodeada de perros y con mucha fiesta. Un hombre después de unos meses sin ver ninguno es algo de agradecer para una lesbiana no del todo convencida. Además, a pesar de su cara de funcionario delgado, el tipo guardaba ciertas artes amatorias que, a veces, cuando salía la luna llena, echaba de menos. Por eso quizá buscó Helga en el único sex-shop de la capital un buen cacho de látex que supliera las carencias carnales que no le proveía el amor sáfico.

Le enseñó la casa de madera donde se iba a hospedar, la catana y el punching ball que se había regalado ella misma por su cumpleaños y a las personas que allí vivían: la chica cocinera, la chica compañera de bufete, la chica en paro, y unos perros que ladraban. Le pusieron un sofá-cama lejos de las habitaciones y se sentaron sobre él a charlar. En su forma de hablar, en su alegría forzada había algo que había cambiado en ella desde que dejaron de verse, pero no sabía el qué.
De buenas a primeras, un gruñido interrumpió la conversación. Y Helga que se había vuelto gritona entre bolleras, empezó a gritar «Carmelo, Carmelo». El hombre se quedó algo asustado sin saber a cuál de las chicas que había allí se dirigía.
—El rey de la casa —dijo Helga—. Éste es mi cerdo vietnamita. Se llama Carmelo.
Un cerdito enano y negro, contrahecho en opinión de él, apareció de debajo del sofá-cama con un ronquido agudo, como si le estuvieran haciendo mucho daño, y empezó a lamer los dedos de los pies de Helga. Era negro, con manchas blancas en el vientre y guardaba un curioso parecido con Alf.

Le toca su biberón, ¿quieres dárselo tú?


. . .

Tengo que decirte algo, rey.

El boticario, con Carmelo entre sus brazos, dándole el biberón, se preparó a recibir noticias.

—Todas estas chicas son homosexuales. Y yo también me he vuelto. Además la del pelo corto que ha sacado a los perros, la que parece un electroduende, es mi novia. Me apoyó mucho cuando me fui del apartamento que compartía con el Repartecartas de Mierda. Se llama Pumuqui.

El cerdo pareció guiñarle un ojo y burlarse de él mientras le daba el biberón. Las pocas esperanzas de reconciliación que albergaba el boticario se hundieron en un pozo hondo y oscuro lleno de cocodrilos que masticaban su ego. No supo qué decir. Hubo uno de esos silencios incómodos en los que sólo se oía el ruido del tranquilo mamar del cerdo.

—¿Me añoras? —preguntó él.

—Me he comprado un pito de plástico —fue toda la respuesta que recibió.

Mamó ruidosamente del biberón el cerdo vietnamita.

Pues ya estamos todos los del título —dijo el boticario, después de inspirar sonoramente y palmearse las rodillas.

. . .

Helga se pidió el día libre en el bufete —asuntos propios, por supuesto— y se puso su vestido blanco de algodón que sabía que a él le iba a gustar. Colocó la correa de pasear al cerdo enano y se propuso enseñar al ex las esquinas de Ronda en un afán turístico. Turnándose la correa del cerdo Carmelo, que estaba orgulloso de ser el centro de atención de todas las miradas, subieron cuestas, visitaron la plaza de toros, el museo del bandolero, todo lo que hay que visitar en Ronda, pero él sólo se fijaba en el redondo culo de la muchacha bajo la tela que dejaban ver unas bragas estampadas de colores, en la tez blanquecina y pecosa, en las rubias cejas, en los ojos cansados del color de la orina de un viejo. Ella por su parte sentía cierto cosquilleo coqueto cuando le sorprendía mirándole el escote. Al remover las cenizas de tantos años juntos, el rescoldo de una pasión enterrada y liviana se avivó. Se revolvieron los jugos del amor en el estómago del chaval. Ella, sabiéndose deseada, coqueta, parecía volver a tener quince años . Sobre el tajo, el lugar que sale en las postales, mirando abajo entre las rejas de un mirador, se dijeron varias verdades. El farmacéutico dijo:

¿Te imaginas la de gente que habrá pensado en suicidarse tirándose al vacío desde aquí?

¿Te imaginas tú la cantidad de gente que finalmente se decidió y lo hizo? —dijo ella con cierta tristeza en la voz.

¿Por qué te has comprado una catana y un punching? No sabía que te gustaran esas cosas.

Para desfogar, boticario, para desfogar. Acumulo mucha tensión.
Silencio. El muchacho con cara de antiguo no pudo aguantar más.

Me masturbo cada noche pensando en ti —y buscó la boca de la rubia con desesperación. Le metió la lengua en su boca y a ella no le disgustó la carne que rozaba sus encías.

Conozco un lugar en San Pedro de Alcántara donde tal vez podríamos disponer de un cuartito.

El farmacéutico enamorado aceptó la invitación antes de que ella acabara la frase.

. . .

Mi Luisita removía el arroz con la cuchara de madera, el ring del teléfono sonaba una y otra vez sin que nadie respondiera y yo, desde el marco de la puerta, me estanqué en la estrechez de la cocina disfrutando de lo bien que le sentaba a mi amor el delantal que rezaba «Reina del Microondas». El teléfono que seguía sonando y mi Luisita gritó de pronto histérica a la escolta número uno, donde quiera que estuviese: «¡Hermana! ¿No escuchas el teléfono? ¡Lleva cinco minutos sonando!»

La escolta número uno descolgó, pero al otro lado del hilo telefónico sólo se escuchaba una respiración libidinosa, así que, con miedo y rabia, la hermana gritó al auricular: «La próxima vez te va a responder tu puta madre, so cabrón», e irrumpió llorando en la cocina, lo que trajo más gritos que me llegaban de todos los flancos.

¿Qué está pasando? —dije—¿por qué coño gritáis? Sois un drama lorquiano. Y tú, te estás convirtiendo en tu madre —la amenacé con el índice. Le arrebaté la cuchara de madera, y me puse a marear el arroz mientras un silencio de cazuela invadía la escena. Ése era uno de mis más temidos miedos: que mi novia se convirtiera poco a poco, y sin que yo me diera cuenta, en mi suegra. Una vez apaciguada la paella, armado de la cuchara, llamé al número del tipo que jadeaba. Resultó ser un número de fax muy intrépido, de estos que marcan y vuelven a marcar de forma automática.

Después de comer, ella se sentó en mi regazo.

¿Estás enfadado? Ya no me deseas, te lo noto. ¿Te enseño un pecho?

¿El izquierdo? —la miré en mi rodilla. Aparte del incidente del fax lascivo, tengo muy mal carácter desde que sólo como lechuga y pescado gris, pero hasta los cuadros de mis camisas se derriten cuando la tengo tan cerca y me mira con sus ojos tan llenos de pestañas. Nos dimos un beso reconciliador y para celebrarlo, y entretener a las escoltas, nos fuimos a dar paseos por las playas revueltas de un barrio marinero de Málaga. La arena estaba salpicada de las ratas de los cielos: palomas y gaviotas gordas como niños chicos. Empecé a perfilar una fábula que nunca llegaría a terminar sobre una paloma y una gaviota que convivían comiendo restos de porquería humana, chicles, palos de helado y ese tipo de cosas que tira la gente. Mi Luisita, sin embargo, no suele tirar cosas, porque le coge mucho cariño a los objetos, al contrario que a las personas.

¿Quieres que vayamos a ver a tus padres? —me preguntó, sacándome del argumento de los pájaros y de mi mundo paralelo de objetos.

No me sedujo demasiado la idea. Podríamos ir a ver a mi madre, pero anda en una convención de lavadoras innovadoras que dan vuelta en sentido contrario a las agujas del reloj. Y padre aprovechaba cualquier ausencia de madre para enfrascarse en los ensayos de Chomsky, y bien es sabido que en esos momentos es mejor no molestarlo. Se dedica a ver una y otra vez el DVD de la victoria del Málaga frente al Barcelona (5-1) del 3 del diciembre de 2003, mientras va sacando conclusiones chomskianas.

Las escoltas, mi cónyuge, yo, nos terminamos sentando en el mismo banco, sin entonar conversación, sumidos en nuestros pensamientos, en el parque calvo de mi ciudad, donde hacen picnic los rusos. Parecíamos la estatua de Hans Christian Andersen que preside una de las aceras de la Plaza de la Marina, entre un Burguer King y un kiosco, y que conmemora la visita que hizo el autor durante un crucerito por el Mediterráneo. Frente a nosotros, se abría el puerto lleno de grúas y excavadoras como dinosaurios. Y soñé entonces que era Andersen o la estatua de Andersen y me inventaba una hermosa fábula de una gaviota y una paloma. Una fábula azul, redonda y con moraleja en la que los pájaros hablaban y decían cosas profundas con mucho mensaje. De pronto, oh, absurdo azar, una gaviota se posó frente a nosotros y empezó a comerse los restos de una paloma cadáver. Se me iluminó una bombillita encima de la cabeza que me obligó a dejar de lado la fábula, y me ofreció un final para el relato aquel que contaba la relación de una bollera y un farmacéutico y que no conseguía acabar.

Ella me hace bajar al suelo de nuevo:

He congelado un salchichón de Málaga y dos docenas de pastelitos de Alhaurín, para que no se pongan malos.

Silencio mientras la gaviota huía con los restos de la paloma en su pico.

Un día, te cortarás un brazo, el izquierdo, y lo meterás en el congelador para que se conserve fresco, cielo —dije.

O me cortarás la picha y la meterás también en el congelador —continué.

Déjalo ya —dijo mi amor.

Ese día, tú bien lo sabes, iré a comprar tabaco para no volver.

. . .

Helga chilló como nunca, gimió, se rió y volvió a chillar. Rejuveneció seis meses al menos. El bueno de Carmelo se unió al escándalo excitado, contento, gruñendo y dando vueltas bajo la cama. Después del amor, sudando entre las sábanas y con el cerdo durmiendo a los pies de la cama, llegó el momento de hacer balance. Se rieron de ellos mismos y de la infidelidad cometida, disfrutaron con el recuerdo de los años de novios, de las primeras citas de calentón de verano y de lo poco creíble de la estampa que ofrecían.

—Nunca digas de este agua no beberé, ni este cura no es mi padre— dijo él, mirándola con la ternura con la que se mira a un perro chico.

—Ni esta polla no me cabe —concluyó ella, mientras sostenía una mirada sarcástica a su amante.

A la mañana siguiente se obró el milagro del desayuno entre el boticario y el Repartecartas de Mierda. Por algo parecido al remordimiento, éste había accedido a prestarle a su excompañera de piso la misma habitación de persianas bajas y esquinas con telarañas que aún no había conseguido volver a arrendar. Helga, tan púbica, aún no se había despertado y roncaba en su antiguo lecho saciada de sexo.

—Creía que le iban las tías— dijo el crupier.

—Y así es —dijo el farmacéutico, mientras la tostada se le hacía un nudo en la garganta.

De vuelta a Ronda en el Ford Fiesta de ella, la pareja no intercambió ni media palabra sobre lo sucedido. Carmelo chillaba de felicidad en el asiento trasero mientras cada uno se sumía más y más en su mundo interior. La mirada de Helga se volvía más oscura cuanto más se acercaba por la carretera a su vida cotidiana, rota levemente por el episodio heterosexual. Por su parte, la imaginación del boticario volaba: se veía casado con la rubia y con dos niños con rizos y una jauría de escandalosos cerdos vietnamitas. Sin embargo, una vez en el cortijo, Helga entró de lleno en el lesbianismo como quien se tira a una piscina, como si el traspiés con el ex no hubiera existido la noche antes, y besó con amargura a su novia de pelo de electroduende, y sacó a pasear a los perros y compartió cama con la chica e ignoró a su antiguo amor de juventud tanto como pudo, sin dejar de pensar en huir a otra vida, tal vez no mejor, pero diferente de su pasado con el boticario y de su presente lésbico. Se volvía a estar ahogando, el espacio que le rodeaba volvía a causarle asma del que no se cura con aerosoles.

Él, que no era más tonto que cualquiera, se dio cuenta de que sus esperanzas se diluían en el mar. Ya no pintaba nada entre tanta mujer, parecía que la Pumuqui le había ganado la partida, así que decidió volverse a su farmacia a dispensar medicamentos a viejos, a apretar su bote de pomada para los herpes, a masturbarse por las noches pensando en una lesbiana resbaladiza. Se fue aquella noche sin decir nada y, en un arrebato de despecho, dejó la puerta del jardín abierto, desató a los perros y empujó al cerdo al patio. Cuando escuchó huesos crujir en mitad de la noche parda, tomó su bolsa de plástico con la muda arrugada, se repeinó un poco el tupé, apretó con fuerza su pomada para herpes y se fue de allí para nunca volver. Desgraciadamente fue Helga la que encontró al salir el sol los restos del cerdito cadáver despiezado por los perros. No se lo pensó dos veces: de nuevo era la hora de huir.