jueves 9 de julio de 2009

Clic, clic (cuatro)

José Luis creíase muerto, mas despertó rodeado de oscuridad. Aunque no fuera capaz de discernir, se imaginó en una habitación angosta de techos altos. Cerró los ojos muy fuerte y se los restregó con las manos. Al volver a abrirlos distinguió una luz amarilla proveniente de algún punto indeterminado que perfilaba una mesita de café sobre la que había un teléfono de 1976, de color gris sucio. Se levantó del suelo y se dirigió hacia él con el propósito de marcar el número de móvil de Elvira. Introdujo el dedo índice en el seis y empezó a girar en el disco de marcar hasta que una pestaña de metal frenó su giro en el aparato telefónico. No le dio tiempo a más. Sonó otro clic. Hubo otro fogonazo. Y de nuevo el abismo.

martes 7 de julio de 2009

El momento de repetirse

Cuando sopla el terral, este siroco que abofetea los pulmones y que nos seca el alma a los malagueños, me acuerdo de la fábrica del señor Newz en Zhangjiagang, donde nos agasajaban las mismas temperaturas. Nos venían a recoger al Zhagjiagang Grand Hotel un chófer de uñas largas al que llamábamos Señor Lalali. Esto lo he contado muchas veces pero hoy gasto la convicción de que es el momento de repetirse. El señor Lalali nos recogía y nosotros dormitábamos en la cápsula de aire acondicionado o mirábamos por las ventanillas los motocarros, las bicicletas y los camiones llenos de gallinas. Pasábamos ríos plagados de casas flotantes y barquichuelas hasta atravesar el arco coronado de pictogramas chinos dorados y éramos depositados en la llamada sala de muestras, una sala con parqué que olía a tintes sintéticos en la que el señor Pérez pronto se perdía entre los percheros llenos de batas de señora. Y nosotros nos sentábamos a la mesa de reuniones a explicar los modelos de la siguiente temporada. La mujer de la limpieza despertaba de su sueño en los baños y venía a mirar cómo discutíamos, se colocaba los brazos en jarra en los riñones y parecía entender cada palabra, ya fuera en inglés, chino o castellano. Cuando la mirábamos, nos sonreía, asentía vigorosamente con la cabeza y nos instaba a seguir con la charla. Al señor Pérez le caía bien. Tanto que el último día le regaló unas piedras de chocolate que había comprado en el aeropuerto para su mujer. Algunas veces venía el señor Newz con su pinta de gitano neoburgués y se achancaba en una de las sillas a trastear su nuevo juguetito, que era una calculadora que hacía raíces cuadradas, averiguaba senos y cosenos de los ángulos y traducía doce idiomas. No solía hacernos mucho caso, el señor Newz, a no ser que hubiera vino por medio. Otras veces surgía algún problema que había que resolver en el momento en las oficinas y teníamos que salir de la fresca sala de muestras hasta las oficinas de Jane, a un kilómetro y medio de distancia. Jane y Chris, las dos chinas, se resguardaban del sol bajo un paraguas rosa cogidas del brazo. Yo iba a cabeza descubierta a través de la interminable explanada. Se nos cruzaban obreros cargados de carros llenos de telas peludas apiladas de vivos colores, como si acabaran de matar una manada de animales exóticos de pelaje fucsia o turquesa. El edificio de oficinas parecía a medio construir. Tal vez lo estuviera. En las habitaciones se hacinaban decenas de trabajadores que abarrotaban las mesas con tejidos de todo tipo, ordenadores, mantas para Disney, tarros con té, y ventiladores que lo más que hacían era remover el calor. Los pequeños chinos me miraban y yo miraba a los chinos. Sonreía. Me sonreían. El sudor bajaba por mi frente. Y ya.

jueves 2 de julio de 2009

Clic, clic (tres)

Elvira apareció a veinte minutos después resoplando abrazada a un buen puñado de ropa sucia.
-Jose -le llamó, bisílaba llana y sin acentuar-, ¿dónde andás?
Y empezó a recoger calcetines y otras prendas de los terribles adolescentes que su casa habitaban y que fueron apareciendo pegados a los sofás y a la nevera debido a descuidos oginos.
-Seguro que te has ido al bar y me has dejado todo por medio. Al menos te habrás dignado a cambiar la bombilla.
Elvira dejó las ropas sobre la cama, llevó la aguja del tocadiscos a su lugar y se colocó junto al interruptor mirando al techo.
-A ver...
Clic, clic.

miércoles 1 de julio de 2009

Clic, clic (dos)

Acabó el bolero en el tocadiscos y empezó a sonar ese crujir tan típico de los vinilos que se acaban. Al recuperar el conocimiento, desorientado y con la visión borrosa, no a causa de del aturdimiento, si no porque José Luis no veía bien de lejos y no llevaba sus gafas, se percató de que su tamaño había diezmado y que además se encontraba dentro de la bombilla, prendido del filamento y sin tocar tierra firme, de tal forma que le costaría muchísimo liberarse de la maléfica criatura de Edison.
"¿Qué demonios ha pasado?. Habré conectado alguna fibra que me ha hecho encoger hasta el tamaño de una hormiga. Pero esto desafía todas las leyes físicas."
José Luis era de profesión físico. Se doctoró en ciencias físicas por la complutense y daba clases en la universidad de cierto prestigio. Estaba a punto de acceder a la cátedra y dirigir el departamento.
"¡Qué gran descubrimiento científico acabo de hacer! ¡Al fin me reconocerán todos mis logros! Pero ¿cómo ha sido? Si a mí me cuesta horrores pegar los mástiles de mi carabela dentro de la botella, con las pinzas, y ahora, plis, plas, mira qué fácil, estoy dentro de una. Debe ser algún tipo de ilusión."
Y en el momento en que intentó buscar la fisura en el vidrio cóncavo se dio cuenta de que estaba sujeto por el filamento de tal forma que le era imposible desprenderse de él. Entonces empezó a perder los nervios y se puso a gritar el nombre de su esposa: "¡Elvira, Elvira!" pero los decibelios que producía no tenían la intensidad suficiente para captar la atención auditiva de su señora, que andaba recogiendo calcetines sucios por otras habitaciones. Empezó a preocuparse. Encontró una nota con la cuenta de la carnicería en uno de los bolsillos del pantalón y tomó la pluma que siempre llevaba en el interior de la chaqueta de mezclilla. Hizo unas operaciones aritméticas de alto nivel y llegó a la conclusión de que si alguien llegaba y encendía el interruptor, moriría fulminado, electrocutado. Así que ingenió un sistema para golpear la ampolla de la bombilla con las rodillas en el momento en el que Elvira se empezara a inquietar por su ausencia, entrara en la habitación y así conseguir captar su atención.

domingo 28 de junio de 2009

Clic, clic (uno)

El sábado después de desayunar, José Luis resbaló la espalda en el sofá delante de la televisión dispuesto a tragarse cualquier retransmisión deportiva.
-José Luis -le dijo su mujer, Elvira-, José Luis, no te me sientes y vamos a aprovechar para cambiar la bombilla del dormitorio de invitados, que se acaba de fundir.
-Plural mayestático -murmuró el marido, que se levantó suspirando y arrastró los pies hasta el sótano, enganchó con el brazo la escalera de mano y se encaminó al dormitorio de invitados. Primero de todo, puso un disco en su tocadiscos, llevó la aguja al plástico y empezó a sonar música de orquesta brasileña.
Colocó el triángulo isósceles, subió tres travesaños y se dispuso a cambiar la ampolla de cristal.
La lámpara del cuarto de invitados no tenía tulipa. La bombilla pendía fundida con una mancha negra en el cristal, el filamento de wolframio retorcido y aquejado de párkinson. Del casquillo enroscado como un tapón trepaban dos cables trenzados, uno azul y uno rojo. En el hipotético caso de que su vida dependiera de ello, José Luis no sabría cuál cortar.
Al desenroscar el cadáver, saltaron los plomos. O eso pensó José Luis cuando despertó desorientado tras recibir la potente descarga eléctrica de setenta y cinco vatios que le recorrió todos los huesos del esqueleto.

viernes 26 de junio de 2009

El seminario

Los catorce púberes pidieron autorización materna escrita y dos mil pesetas de las de antes para pasar el fin de semana de convivencias allá en el cerro, en el seminario. Catorce chicos con las hormonas desatadas que, en ese frenesí de confusión que es la adolescencia, eran miembros activos de su parroquia. Entre ellos, dos APJ. Los apejotas eran unas siglas secretas que catalogaban a los nominados como guías espirituales o pequeños jóvenes castores, algo así. Los apejotas repartieron a los doce restantes en dos dormitorios que olían a hospital, llenos de camas literasen las que cada uno de ellos sería el responsable. Luego se reunieron todos con el padre Chicho en una habitación grande desalojada de muebles y formaron un círculo con sillas de colegio demasiado pequeñas. El padre Chicho les dijo a los catorce que cerraran los ojos, que iban a recibir a Dios. Los jóvenes cerraron los ojos apretando mucho. El padre Chicho les ordenó que sintieran cómo Jesucristo les entraba por los dedos de los pies, luego les subía por los tobillos hacia las pantorrillas peludas. "¿Sentís la gracia?", preguntaba el clérigo. Después el padre ordenó a Dios que subiera hasta las rodillas de los muchachos, que trepara por las cachas hasta los test... "¡Che! ¡Quieto ahí, Jesusito de mi vida!"

lunes 22 de junio de 2009

Aguas náufragas (y 6)

[89. Princesa - Joaquín Sabina]

"¿Qué haces, mala mujer? ¿Qué pasa contigo?", él le empujó en una teta y ella le devolvió la jugada con varios violentos puñetazos y cates sobre el esternón que le dejaron sin aliento. "Mira cómo me has puesto, hija de mala madre!" "Cállate, necesito silencio para poder pensar", sentenció Tamara mientras rebuscaba en su bolso algo útil. Toallitas de bebé, claro. Sacó un paquetito de plástico del bolso. "Vaya, gracias", dijo él, pero pronto salió de su error pues las toallitas no eran para él. Ella abrió el paquetito y sólo quedaba una toallita para arreglar todo aquel desaguisado. Nada parecía salir bien. Tan decadente con su único clínex, se quedó en bragas y empezó a limpiar la tapicería sin demasiados resultados. El hombre se había quedado de piedra, ni se abrochaba la cremallera del pantalón ni buscaba su zapato. "Bájate , bájate del coche ahora mismo", le exhortó, el flequillo pegado en la frente y frota que te frota con la toallita infructuosamente. Hasta que el goteo de sudor empezó a caer también sobre el cuero. Una mosca se frotaba las patas delanteras en la luna trasera mientras se imaginaba el festín que le esperaba. "No vas a poder limpiar eso así, Tammy. Y luego está el olor. Dios, el olor." Los comentarios de Alejandro Jimeno no ayudaban demasiado. Se bajó del coche y respiró hondo. Miró a su amante ocasional interrogante: ¿qué hago? El hombre no articuló palabra. Hasta que logró decir "creo que no te voy a comprar el coche". "Decididamente no tengo un chocho con suerte", dijo Tamara como para ella misma, pero en voz alta, mientras se enjugaba el sudor con la camisa. Él, ahora tan delgado y desgarbado, con la billetera vacía, bajó del pedestal, cayó el mito del cliente con pasta y se convirtió en un muerto de hambre que quería echarle un polvo y que le convidaran a comer.
Miró con ira a todos sitios, a la higuera, al cielo, al suelo, sin saber muy bien quién era su enemigo. Su móvil empezó a sonar, Javier Cordero, decía la pantallita. El encargado. "No respondo. Primero tengo que solucionar esto." Rebuscó más aún en el bolso, pero no encontró nada útil, sólo un caramelito de menta que no le vino mal para el mal sabor de boca.
Mientras disolvía el caramelo entre los dientes encontró la solución. Le dio el avenate y se abalanzó al sillón del conductor y quitó el freno de mano y empezó a empujar el coche y "ayúdame", le dijo, "fingiremos un accidente". El tipo sin el zapato empezó a empujar con más actitud que fuerza y el coche empezó a moverse hacia la pendiente hasta caer a cámara lenta. Avanzó unos ciento cincuenta metros en punto muerto cuesta abajo, muy despacito, hasta quedar encajado entre un par de matorrales de espliego. Sonó algo parecido a una pequeña ventosidad. Las moscas empezaron a acudir mareadas por los olores de la tapicería mientras los dos personajes malhabillés y rellenos de desconsuelo miraban desde la loma el patético espectáculo, como dos robinsones esperando ser rescatados de una isla pequeña y redonda de arena fina en la que daba exigua sombra una sola palmera.

viernes 19 de junio de 2009

Aguas náufragas (5)

"Para ahí en la cuneta, a la sombra de la higuera, que es pronto aún para volver", y él, obediente, estacionó el todoterreno donde ella señalaba. Sin demasiado preámbulo ni cortapisa Alejandro se abalanzó al cuello de la dama y sus dos manos devinieron cien que la tocaban por todos sitios. Tamara se mantenía ausente, con los ojos muy abiertos y dejándose hacer por un puñado de dólares. Cuando vio que el hombre estaba a punto de nieve, le preguntó si quería que pasaran al amplio asiento trasero y comenzó a elogiar las numerosas prestaciones que podía proporcionarle el vehículo y las cualidades de la tapicería blanca de cuero, en el entretanto, Alejandro se había descalzado del pie derecho, se bajaba la bragueta y ayudaba a la comercial a que arrimara la boca a su miembro.
Y Tamara comenzó a chupar a la par que hacía oídos sordos a los gemidos de Alejandro Jimeno y miraba de reojo su reloj de pulsera entre arcada y arcada, hasta que ya no pudo más y una de las veces en las que Alejandro apretó demasiado la cabeza de la muchacha, ella tuvo que apartarse del miembro erecto con lágrimas en los ojos, el rímel corriendo mejilla abajo, con el estómago estragado vomitó las dos copas de pacharán, el flan con nata, dos cuartos traseros de cochinillo, una tapa de jamón, seis aceitunas partidas, media botella de vino de rioja, café con leche y bollito de pan con aceite con regusto a pescado. El veinte por ciento del mejunje bañó bragueta y aledaños de Alejandro Jimeno. El ochenta por ciento restante cubrió con detalle la superficie de la tapicería de cuero blanco de los asientos posteriores.

miércoles 17 de junio de 2009

Aguas náufragas (4)

"Oye, Alejandro, una cosa te tenía que decir ahora que somos amigos", suspiró Tamara toqueteando la manga de la alegre camisa de su contertulio, "no voy a poder incluir esto como gastos de empresa, que estamos a fin de mes y tengo la cuenta bloqueada", alzó las cejas, puso morritos, se revolvió el flequillo y otras coqueterías. Jimeno construyó la sonrisa más forzada que le dejaron sus músculos faciales y le dijo que no se preocupara mientras se buscaba la billetera en la chaqueta y sudores fríos le recorrían la espalda.
La cuenta llegó arropada y calentita en un estuche de cuero. "Tal vez quieras unos manises para el camino de vuelta", sugirió Alejandro Jimeno no sin cierta ironía mientras garabateaba su autógrafo de mala gana. El camarero intervino rápido: "en este momento carezco de los mismos. ¿Puedo ofrecerles otro fruto seco? ¿Tal vez el pistacho les parezca una opción viable?", pero Tammy declinó el ofrecimiento con la mano para después ausentarse al tocador y retocar su maquillaje, tras lo cual, iniciaron la ruta de vuelta. Bajaban las cuestas del camino cuando Alejandro Jimeno aprovechó una balada con fondo de guitarras y piano que se escapaba del radiocasete para tantear el terreno y colocar descuidadamente la mano sobre muslo ajeno en lugar de asir la palanca de cambios. La respuesta, como las salivas del perro de Pavlov, fue inmediata y puso a la relajada Tamara en alerta, que se volvió a abrochar el botón del pantalón y quitó suavemente la mano de su muslo y la colocó devolvió a su dueño. Jimeno también se puso tenso. Los cálculos mentales de Tammy funcionaban al 50% ya que toda la sangre se le concentraba en el estómago en un esfuerzo por digerir el cochinillo y las guarniciones, y aún así, fue capaz de un par de sumas y restas para llegar a la conclusión que el señor Jimeno tenía la repugnante idea beneficiarse de su cuerpo. La venta que hasta hace un rato acariciaba con las yemas de los dedos se le escapaba. "Qué diantres", se dijo, "si fui capaz de comerme esta mañana un trozo de pan con sabor a sardinas, me puedo comer mis escrúpulos y tal vez parte de mi integridad con tal de comisionar."

sábado 13 de junio de 2009

Insert coin

De pronto sentí la imperiosa necesidad de correr a grandes zancadas y como si alguien controlara todos mis movimientos y quisiera que avanzara veloz hacia la derecha. Ante mí apareció una tortuga con pinta boba. Me ajusté la gorra y salté sobre el galápago, que se escondió en su caparazón rojo. Agarré el caparazón y lo lancé con todas mis fuerzas contra una planta carnívora de poderosas mandíbulas que salía y entraba verticalmente de una tubería verde. Cien puntos. Sobre mi cabeza planeaban un par de bloques de ladrillos. Salté para golpearlos con mi cabeza. Uno se rompió en cuatro pedazos. Cincuenta puntos. El otro dejó escapar de su interior una seta roja cuyo sombrero estaba coloreado de topos blancos sobre un fondo rojo. La seta avanzó hacia mí en un agradable paseo. Me la comí de un bocado y crecí al doble de mi tamaño. ¡Mil puntos! Seguí corriendo con desesperación, casi sin aliento, subí un tramo de escaleras de dos en dos, hasta encontrar una banderola atada a la punta de una barra de bomberos y justo detrás, escondido tras la banderola, una fortaleza de piedra. Me agarré a la banderola como si se acabara el mundo y me chorreé por la barra hasta llegar a tierra firme. Luego entré al castillo en busca de la vida extra.

viernes 12 de junio de 2009

Aguas náufragas (3)

Allá que se fueron la moza y el pardillo a probar el vehículo en carretera, subiendo montes, rodeando pedanías, atravesando pinares, pagando peajes, "conozco un sitio por aquí cerca que no está nada mal", le dijo ella a él a la vez que le guiñaba el ojo sin ser consciente. Alejandro Jimeno parecía no conocer las carreteras del lugar o se hacía muy bien el sueco. Con sus aires distraidos y su cara de no haber roto un plato se había metido a la vendedora en el bolsillo y ahora hacía acopio de caradura y sacaba lo más macarra que tenía dentro. Llegaron a la posada, que estaba en lo alto de una colina. Sobre la mesa había tres tipos de cuchillo y cuatro o cinco copas de diferente calibre que los dos disimularon conocer. Comieron cochinillo asado, vinos tintos, jamón de trevélez, postres caseros y copa de pacharán. Alejandro Jimeno calculaba la dolorosa mentalmente sorprendido de que en un cuerpo tan pequeño cupiera tanta comida. La gula de Tamara era insaciable: "si no vendo el coche, al menos me iré con la tripa llena", pensó mientras contenía un eructo. Al segundo pacharán, Tammy se desabrochó el botón del pantalón y respiró. Después preguntó al camarero si podía traerle un cigarrillo, y éste al traer el tabaco, no sin cierta socarronería, ofreció un bombón helado a los comensales. Hubo un momento tenso de barrigas llenas, "no te voy a decir que no", dijo Tamara derramada en la silla, mirando al hostelero con ese guiño coqueto tan característico de su persona.

miércoles 10 de junio de 2009

Incidencias electorales

Hoy día domingo siete de junio a las ocho treinta de la mañana, después de hacer acto de presencia a las siete y cincuenta y cinco en el comedor del colegio Cristo de la Epidemia, queda constituida la mesa electoral del distrito seis, sección cuatro, mesa be. Preside la mesa, con una bolsa rellena de bolígrafos del ayuntamiento y un plano de la barriada de Ciudad Jardín, el padre de mi amigo de la infancia Antonio Ramón. Antonio Ramón y yo jugábamos a levantar las faldas del uniforme de pata de gallo a las niñas o a ser Sherlock Holmes y a buscar una esmeralda verde en los maceteros del colegio. Pura diversión. A la derecha del padre estoy yo, el escribidor, Juani Molina, y a la izquierda, un señor con pinta de interventor del pepé pero que no es tal: es el otro vocal y responde al nombre de Felipe cuando así se le llama. A continuación, en forma de breves anotaciones, se detallan las incidencias que acaecieron en el transcurso de la jornada electoral:
Ocho y treinta y seis. Europa nos ofrece un subrayador fosforescente, una regla, un boli, un lápiz y un sacapuntas. El padre de Antonio Ramón reparte los bolígrafos del ayuntamiento entre los presentes. Dice que su hija Ana Rosa se casa en septiembre y que sirvan los bolígrafos de regalo del padrino para con los presentes. Se fustiga por no haber traído la cinta adhesiva, alias fixo, y una grapadora que tenía preparada para la ocasión. Por suerte, hacemos el avío con unas gomillas de los hatillos de papeletas de los partidos falangistas para unir las páginas del censo, así que no hay necesidad de impugnar nada de momento.
Ocho cuarenta y cinco. un viejo con tacataca de edad indeterminada pero en cualquier caso superior a 150 años quiere votar. "Lo siento, caballero", le dice mi presidente todo sonrisa y bigote, "hasta las nueve no puede usted ejercer su derecho".
Ocho cuarenta y ocho. El interventor del pesoe se dedica a esconder las papeletas del pepé detrás de los carteles de la pirámide alimentaria.
Nueve cero cero. Se abre el colegio. El viejo de edad indeterminada pero de más de ciento cincuenta años vota.
Nueve cero dos. Una bandada de abueletes avanza con paso firme hacia nuestra urna. El padre de Antonio Ramón me agarra el brazo asustado. Los viejos lamen el pegamento de los sobres y votan.
Nueve dieciocho. Mi bolígrafo del ayuntamiento no pinta. Juraría que es el mismo que me regalaba cuando yo tenía ocho años e iba a su casa a jugar al spectrum con Antonio Ramón.
Nueve y veintiuno. Los viejos se retiran con paso ranqueante. No creo que venga nadie más a votar.
Nueve y veintidós. El interventor del pepé de mi mesa me mira con ojos tiernos y bizcos. Lleva las uñas lacadas y me habla de una playa nudista ideal que hay en Benalmádena. Me voy a desayunar.
Diez treinta y cinco. La casa de Antonio Ramón tenía un sótano lleno de libros, vinos, papeles. Tenía cientos de documentos de personajes ilustres malagueños. El padre de A. R. nos llevó una vez allí. Buscábamos información para hacer un trabajo sobre la alcazaba. Pero lo que sacó en realidad fue un platano de plástico que al desenfundarlo tenía un pito escondido. Antonio Ramón se partía de la risa. Yo, niño tímido que soy, apreté los labios.
Trece quince. Fragmento de conversación: "yo sólo bebo cocacola light y café americano del que hace mi secretaria, porque el agua me da unos gases...".
Trece cuarenta. Me voy a comer. Luisa ha preparado bacalao y drama de mediodía. Nos tapiñamos las dos cosas. Con el estómago lleno se ven las cosas con cierta claridad. Compro una botella de dos litros de agua mineral.
Dieciséis y veinte. Felipe se pone a jugar con su nintendo de ese.
Dieciséis y cincuenta y cinco. La edad mental de Felipe sigue siendo de setenta y tres años.
Diecinueve cero seis. Fragmento de conversación: "Las tetas de silicona son más rugosas al tacto, nada que ver con las naturales".
Diecinueve veintisiete. En otra ocasión hicimos una televisión con una caja de cartón y lo preparamos todo para dar el telediario en directo. Ana Rosa daría los sucesos, Antonio Ramón, el parte meteorológico. Yo, los deportes. Su padre lo grabaría todo con una cámara de vídeo uve hache y ese. Al llegar a los deportes, el padre dijo que nanay, que en su casa no se hablaba de deportes, que me inventara otra cosa. Mi cara de niño gordo se puso roja. Hice una necrológica de Montserrat Caballé. Creo que fue la primera vez que improvisé una historia.
Veinte cero cero. Se cierra el colegio, el policía nacional y los presidentes de las mesas encienden muchos cigarrillos a la vez.
Veinte treinta. Acabamos el recuento. Tres en blanco. Dos para "Mariano, sal del armario". Uno para el POSI.
Veintiuna veinticinco. Me voy con Luisa a gastar los sesenta y un euros con cincuenta de la dieta que me paga Europa por haberme quedado el domingo encerrado en un comedor. Pedimos coquinas, concha finas, gambas plancha y vino blanco.
Veintiuna cuarenta y seis. El camarero dice "qué barbaridad" cada vez que ve pasar una chica guapa. Es una zona universitaria, chancletean muchas estudiantes enseñando los hombros morenos.
Veintiuna cuarenta y nueve. La italiana sin sujetador de la mesa de delante le pide la cuenta, por favor, al camarero. El camarero responde "qué barbaridad" y sigue su trajín.
Veintidós cero cinco. Pedimos la segunda botella de Albariño. Qué barbaridad.
Veintidós cuarenta. Pedimos la tercera botella de Albariño. Qué barbaridad.
Veintitrés veintidós. Pedimos la cuenta. Qué barbaridad.
Y para que así conste, siendo las veintitrés cuarenta y ocho, firmamos el presente documento don Felipe y sus apellidos correspondientes, don padre de Antonio Ramón y el que suscribe, Juani Molina. Málaga, Málaga, a cero siete del cero seis del dos mil nueve.

Para Antonio Ramón, evidentemente

martes 9 de junio de 2009

Vuelve aquí abajo, Mildred (Memento bis)

Últimamente Mildred Peabody parecía no darse cuenta de las cosas. Varias veces al día el señor Peabody la encontraa absorta en sus pensamientos, mirando fijamente la televisión apagada.
-¡Mildred! Vuelve aquí abajo, con el resto del mundo -solía decirle el señor Peabody al encontrarla en tal situación.
-Sólo estaba reflexionando un poco sobre el mañana, Frank -contestaba de mala gana la señora Peabody.
Eran un matrimonio longevo. Entre los dos sumaban cerca de doscientos años y su parecido físico era asombroso, sobre todo ahora que el señor Peabody había empezado a perder pelo. Frank se rascó con energía el colodrillo hasta que dio con la tecla para no preocuparse por tener que dejar sola a Mildred cuando tuviera que atender recados en la ciudad.
El invento de Frank fue efectivo, al menos durante las dos primeras horas. Antes de que el señor Peabody saliera de casa para dar el paseo matutino que le había recetado el doctor Habermann como remedio a todas sus hipocondríacas manías, ató a Mildred a una maroma: un cabo a la pata de la mecedora y otro a la pierna izquierda. Con lo que no contaba Frank Peabody era con la posibilidad de que su esposa, en un ataque de lucidez, se agachara y se desatara el torpe nudo marinero. Cuando Frank volvió a casa, no vio a Mildred en la mecedora ni junto al fuego del hogar. La señora Peabody se encontraba sentada en el tejadillo del porche, vestida con el traje de novia, en apacible charla con su vecina Edna Roombaker. Frank Peabody telefoneó al doctor Habermann.

viernes 5 de junio de 2009

Memento

No te cases nunca conmigo porque meteré el azucarero en la nevera, llenaré el depósito del Corsa con diésel en vez de gasolina noventa y cinco, olvidaré recoger del kárate a pequeña Gloria y pequeño Adolfo, porque te confundiré con el ama de llaves, porque se me olvidará lo mucho que te quiero. Voy a coger las macetas y las llevaré al patio de mi abuela, que las recibirá con los brazos abiertos y culos de pepinos pegados en las sienes, y quedaré libre, sin ataduras. Y sin memoria.

Aguas náufragas (2)

Con esa manía tonta que tienen las horas de ir pasando,  el día comenzaba a asentarse y con él, los estómagos. El sol coronaba el cielo azul celeste, los camiones y grúas huyeron de las naves industriales encaminados a las obras y a escaquearse en la medida de lo posible. No había clientes tan temprano. Nunca los hubo. Hasta después del desayuno no se presentaba nadie. Así que era el momento de agarrar el limpiacristales, ese líquido color piscina, y emplear el tiempo, que goteaba lento, en sacar brillo con desgana a las lunas, sabiendo que su jefe hundía el mentón en la papada y la controlaba entre las persianas de su despacho. A la hora en la que el calor aprieta apareció un cliente y Tamara se afiló las uñas, se frotó los nudillos. Atacó sin piedad. 
Buenos días, qué tal, cómo estás, aquí, de lunes, sí, jajá, jijí, todo mientras le enseñaba tres modelos de cuatro por cuatro y una ranchera. El gerente suspiraba entre visillos. El hombre en busca de tracción a las cuatro ruedas era alto y flaco, pelo como quien se acaba de levantar. Llevaba tejanos de pata de elefante, camisa dicharachera con los tres primeros botones desabrochados, abundante mata de pelo en el pecho, gomina, gafas de a doscientos machacantes la patilla. Y la mañana se empeñaba en transcurrir, y el señor propuso probar la ranchera azul cobalto, que tiene asientos traseros la mar de amplios, jajajá. Y Tamara la tontita, la complaciente Tamara vendedora, le decía que la llamara Tami, pero con y griega y dos emes, que eso no se escucha, pero ella lo escribe así, jijí, jajá, y le dice que qué le parece si lo probamos en carretera y me invitas a comer. Y Tammy -y griega, dos emes- fue a por las llaves mientras ya imaginaba cómo el señor Jimeno, Alejandro Jimeno -tal era el nombre del incauto- echaba unas firmitas en los papeles del contrato y la financiación del vehículo a motor. Antes se encerró en el cubículo minúsculo del baño, se remiró el bigote y el maquillaje, se echó el aliento en la mano, rebuscó en su bolso y se hizo con un enjuague bucal. Luego a toda prisa, al cliente no hay que hacerlo esperar, se quitó la chaqueta, la camiseta sin mangas -camiseta de tirantillas- y levantó las axilas frente al espejo. Manos arriba, esto es un atraco. Remangó la nariz. No le convencía. Rebuscó un poco más en su bolso mágico, sacó una maquinilla de afeitar desechable y se repasó las axilas. Ahora sí. Lista. Este pichón no se le iba a escapar.