Ocho y treinta y seis. Europa nos ofrece un subrayador fosforescente, una regla, un boli, un lápiz y un sacapuntas. El padre de Antonio Ramón reparte los bolígrafos del ayuntamiento entre los presentes. Dice que su hija Ana Rosa se casa en septiembre y que sirvan los bolígrafos de regalo del padrino para con los presentes. Se fustiga por no haber traído la cinta adhesiva, alias fixo, y una grapadora que tenía preparada para la ocasión. Por suerte, hacemos el avío con unas gomillas de los hatillos de papeletas de los partidos falangistas para unir las páginas del censo, así que no hay necesidad de impugnar nada de momento.
Ocho cuarenta y cinco. un viejo con tacataca de edad indeterminada pero en cualquier caso superior a 150 años quiere votar. "Lo siento, caballero", le dice mi presidente todo sonrisa y bigote, "hasta las nueve no puede usted ejercer su derecho".
Ocho cuarenta y ocho. El interventor del pesoe se dedica a esconder las papeletas del pepé detrás de los carteles de la pirámide alimentaria.
Nueve cero cero. Se abre el colegio. El viejo de edad indeterminada pero de más de ciento cincuenta años vota.
Nueve cero dos. Una bandada de abueletes avanza con paso firme hacia nuestra urna. El padre de Antonio Ramón me agarra el brazo asustado. Los viejos lamen el pegamento de los sobres y votan.
Nueve dieciocho. Mi bolígrafo del ayuntamiento no pinta. Juraría que es el mismo que me regalaba cuando yo tenía ocho años e iba a su casa a jugar al spectrum con Antonio Ramón.
Nueve y veintiuno. Los viejos se retiran con paso ranqueante. No creo que venga nadie más a votar.
Nueve y veintidós. El interventor del pepé de mi mesa me mira con ojos tiernos y bizcos. Lleva las uñas lacadas y me habla de una playa nudista ideal que hay en Benalmádena. Me voy a desayunar.
Diez treinta y cinco. La casa de Antonio Ramón tenía un sótano lleno de libros, vinos, papeles. Tenía cientos de documentos de personajes ilustres malagueños. El padre de A. R. nos llevó una vez allí. Buscábamos información para hacer un trabajo sobre la alcazaba. Pero lo que sacó en realidad fue un platano de plástico que al desenfundarlo tenía un pito escondido. Antonio Ramón se partía de la risa. Yo, niño tímido que soy, apreté los labios.
Trece quince. Fragmento de conversación: "yo sólo bebo cocacola light y café americano del que hace mi secretaria, porque el agua me da unos gases...".
Trece cuarenta. Me voy a comer. Luisa ha preparado bacalao y drama de mediodía. Nos tapiñamos las dos cosas. Con el estómago lleno se ven las cosas con cierta claridad. Compro una botella de dos litros de agua mineral.
Dieciséis y veinte. Felipe se pone a jugar con su nintendo de ese.
Dieciséis y cincuenta y cinco. La edad mental de Felipe sigue siendo de setenta y tres años.
Diecinueve cero seis. Fragmento de conversación: "Las tetas de silicona son más rugosas al tacto, nada que ver con las naturales".
Diecinueve veintisiete. En otra ocasión hicimos una televisión con una caja de cartón y lo preparamos todo para dar el telediario en directo. Ana Rosa daría los sucesos, Antonio Ramón, el parte meteorológico. Yo, los deportes. Su padre lo grabaría todo con una cámara de vídeo uve hache y ese. Al llegar a los deportes, el padre dijo que nanay, que en su casa no se hablaba de deportes, que me inventara otra cosa. Mi cara de niño gordo se puso roja. Hice una necrológica de Montserrat Caballé. Creo que fue la primera vez que improvisé una historia.
Veinte cero cero. Se cierra el colegio, el policía nacional y los presidentes de las mesas encienden muchos cigarrillos a la vez.
Veinte treinta. Acabamos el recuento. Tres en blanco. Dos para "Mariano, sal del armario". Uno para el POSI.
Veintiuna veinticinco. Me voy con Luisa a gastar los sesenta y un euros con cincuenta de la dieta que me paga Europa por haberme quedado el domingo encerrado en un comedor. Pedimos coquinas, concha finas, gambas plancha y vino blanco.
Veintiuna cuarenta y seis. El camarero dice "qué barbaridad" cada vez que ve pasar una chica guapa. Es una zona universitaria, chancletean muchas estudiantes enseñando los hombros morenos.
Veintiuna cuarenta y nueve. La italiana sin sujetador de la mesa de delante le pide la cuenta, por favor, al camarero. El camarero responde "qué barbaridad" y sigue su trajín.
Veintidós cero cinco. Pedimos la segunda botella de Albariño. Qué barbaridad.
Veintidós cuarenta. Pedimos la tercera botella de Albariño. Qué barbaridad.
Veintitrés veintidós. Pedimos la cuenta. Qué barbaridad.
Y para que así conste, siendo las veintitrés cuarenta y ocho, firmamos el presente documento don Felipe y sus apellidos correspondientes, don padre de Antonio Ramón y el que suscribe, Juani Molina. Málaga, Málaga, a cero siete del cero seis del dos mil nueve.
Para Antonio Ramón, evidentemente